Luces y alargadas sombras del 1812

2012, 7 de febrero. Diario de Cádiz.
Faltan pocas semanas para que a la ciudadanía gaditana nos apabulle toda la pompa y el boato de los actos previstos para conmemorar el bicentenario de la proclamación de la Constitución llamada de Cádiz o de 1812.
Concebida la conmemoración como la oportunidad del siglo para Cádiz, ni los más optimistas piensan ya que pueda tener una verdadera incidencia de futuro, que deje algo de sedimento para construir nuevas esperanzas en esta ciudad tan castigada. Al menos no para los miles de parados o las miles de personas que viven en la pobreza en nuestra ciudad.
Más preocupa sin embargo que, bajo el paraguas de la celebración, quiera embellecerse lo que no fue, quiera desdibujarse lo que sí fue y, sobre todo, se pueda pretender trasladar tal cual a 2012 derechos de 1812 que ya han quedado superados por la historia y la lucha de generaciones.
Uno no quisiera dejar de festejar tal efemérides, pues los seres humanos vivimos enganchados al calendario que nos marca el ritmo de la vida. No con pompa y boato posiblemente acartonado, sino reivindicando un espíritu de progreso y de naturalización de la democracia y la participación de “la nación”. No soy experto, pero los que lo son, ya nos afirman que “La Pepa” marcó una época, que fue un hito en el caminar hacia el reconocimiento de los derechos. La libertad de prensa, el habeas corpus, la preminencia de la Ley, el derecho a la educación, la prohibición de la tortura, lo que pudo ser un primer paso para la primera abolición de la Inquisición por los diputados doceañistas en 1913… y sobre todo el alumbramiento del concepto revolucionario en España de que las personas no éramos súbditos sino ciudadanos. Fue desde luego un primer paso que tal vez hubiera permitido a este país caminar hacia la ilustración y la modernidad. Un posible camino que fue rápidamente abortado por las fuerzas más reaccionarias de la España de entonces, encabezadas por la monarquía
Pero la Conmemoración del Bicentenario, si no queremos que se limite a un hueco panegírico hagiográfico, no puede dejar de reconocer, aún situándola en su época, cuanto no supo superar la Constitución de 1812. Quizás lo mas señalado a este respecto sería indicar que fue una Constitución en la que la igualdad estaba ausente, en la que el pueblo también lo estaba, que no fue capaz de acabar con la esclavitud, ni de reconocer derechos a las mujeres, a los indígenas o a los negros. Tanto es así que no son pocos los que advierten que, aunque fuera un importante hito, la Constitución de 1812 no fue capaz de instaurar un nuevo estado liberal, democrático, rompiendo con las ataduras que aherrojaban el paso a la modernidad. Muy particularmente los privilegios de las clases poderosas y en especialmente el impresionante corsé eclesiástico tan nefasto entonces y en el futuro de nuestro país
Posiblemente los constituyentes de 1812 ni quisieron ni pudieron ir más allá. Sin embargo lo que a veces preocupa es que, en medio de tanto evento magno, los dirigentes políticos de hoy conviertan la conmemoración en una impresionante cortina de humo.
Nos preocupan, por ejemplo, esos vacíos llamamientos a la libertad y a la igualdad que soportamos y tendremos que soportar con mayor intensidad en estas próximas semanas. ¿A que libertad y a que igualdad se refieren?
No sería extraño que tal vez determinados políticos se encuentren mucho más que cómodos en el marco de las libertades de 1812, liberales de boca chica que imaginan la libertad encorsetada y limitada, que no cuestionan los privilegios de los pocos y desprecian los derechos de los muchos. Liberales que sólo propugnan libertad de mercados, autonomía de la economía y exigencia de supeditación del estado a sus estrechos [y no poco mezquinos] intereses.
Dirigentes políticos para los que no tiene sentido alguno preocuparse por avanzar en la calidad de nuestra democracia, ciertamente resquebrajada para los parámetros de 2012 y necesitada de una profunda reformulación. Derechos de las mujeres o de las minorías, separación de poderes, régimen de estado, república, papel de la iglesia, derechos individuales, actuaciones policiales… Parece necesario dar una repensada a nuestra arquitectura democrática.
No es desde luego el espíritu de los fastos del bicentenario. Más bien se trata de una reivindicación abstracta y apergaminada de las libertades de poca utilidad para hoy pero tal vez de no poca utilidad en el desempoderamiento de la ciudadanía
Revindicar como hacen una igualdad inexistente en 1812 suena un poco a mofa o simple embellecimiento. Y contiene no poca hipocresía que la hace nada creíble. Porque mientras con una mano se habla de los derechos de igualdad inexistentes en 1812, con la otra ponen en marcha todo tipo de recortes y políticas que favorecen a los poderosos -los bancos, las multinacionales, las agencias, agrupados en fantasmales mercados- en tanto castigan y empobrecen a la inmensa mayoría de la sociedad.
No es una opción inevitable. Es una opción ideológica. Porque alternativas haylas. Pero para ello tendrían que ser capaces de empezar siquiera a plantearse el sacudirse el yugo de esos omnipresentes mercados y comenzar a pensar en la gente, en las personas que debieran ser lo primero.
Me apunto pues a revindicar el espíritu innovador de aquella época, a conmemorar una Constitución que marcó un hito, pero sin dejar de reconocer sus muchos límites que tantas consecuencias nefastas han tenido en estos dos siglos transcurridos y que todavía hoy pesan sobre nosotros. Pero no me apunto al discurso vacío o a la glosa abstracta de derechos de entonces. La conmemoración del bicentenario más bien debiera ser un acicate, un empuje para seguir avanzando en la conquista de tantos derechos por conseguir y en la defensa de los que ya conquistamos y que hoy nos quieren robar.

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