Los Derechos Humanos: herramientas de lucha por la dignidad humana

2011, 10 de diciembre. DIARIO DE CADIZ.
Hoy, día 10 de diciembre, se conmemora el 63 aniversario de la proclamación por la ONU, en 1948, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hay sin duda otros aniversarios más mediáticos y ello no es casual. Pero no hay otro que nos deje peor sabor de boca: porque, muy lamentablemente, los Derechos Humanos no es sólo que se incumplan sistemáticamente, sino que su situación podemos calificarla de auténtico de desastre planetario.
En un aniversario en el que todos resaltamos la trascendencia de la Constitución de 1812 para el avance histórico de derechos fundamentales, muchas de las glosas se abstraen de la realidad para hablar de unos derechos sacados de contexto, de su presente de vulneración y cuestionamiento de su vigencia. Muchos de los que glosan con una mano derechos de 1812, con la otra ponen en marcha políticas insoportables de vulneración de derechos de hoy. No son pocos los que alaban aquellos derechos de entonces como si quisieran devolvernos a ellos, como si no hubieran pasado dos siglos, y añorasen aquella situación de otrora, sin igualdad real ni presencia del pueblo.
Así verdaderamente lo parece. En nuestro entorno más cercano, la profundización y prolongación de la crisis han venido a sumarse a las situaciones de violación de los Derechos Humanos que ya veníamos denunciando desde hace años. Las bolsas de marginación y exclusión social, lejos de reducirse, tienden a crecer a costa del aumento del paro y la precariedad, de los problemas de vivienda cada vez más agudizados o el comienzo de recortes en atención e inversión pública que afectan particularmente a los sectores más débiles.
Nuestra provincia padece la tasa más alta de paro de España y soporta los índices más elevados de pobreza y exclusión social. Una situación que viene de lejos y que se profundiza ahora con la creciente destrucción de ya débil tejido productivo, los cierres de empresas o los despidos, a los que se suma la quiebra de la administración local cuyas primeras víctimas son los trabajadores de la subcontratas y los usuarios de servicios vitales como la limpieza, el cuidado de personas con autonomía restringida, o la atención a los sectores más desfavorecidos. Un panorama que sólo consigue agrandar el pozo de la desesperación y de falta de futuro.
Es la crisis nos dicen. Pero no es la crisis en realidad, sino las políticas que la afrontan desde el único norte de mantener de forma indecente la tasa de beneficio de banqueros y grandes capitales. A costa de lo que sea; porque los dogmas europeos de austeridad y recorte de gastos que nos imponen, tal vez permitan mantener esa tasa de beneficio, pero van a provocar una grave contracción de la economía y por tanto más paro, más sufrimiento y más pobreza y exclusión.
Se olvidaron ya los tímidos intentos de cambiar de rumbo frente a especuladores y mafias. Se dejó de hablar ya de que la crisis mundial tiene responsables concretos y conocidos. Sobre los que parece más que improbables medidas que pongan un precio a esa responsabilidad.
Por el contrario, en una nueva vuelta de tuerca, en lugar de extraer la consecuencia de que hay que extender la democracia desde la política a la economía se está sometiendo la política y la democracia a la economía. Para imponer como sea esas políticas que nos abocan a una auténtica crisis social y humana, se ponen en cuestión los propios fundamentos de la democracia en toda Europa, ya supeditadas sin máscara al dictado de mercados, banqueros y especuladores. Como ha sucedido con el cambio constitucional en España o la imposición de gobiernos de banqueros en Italia y Grecia.
En el altar de los mercados, todo, todos y todas, somos mercancía: desde nuestra fuerza de trabajo hasta los servicios más básicos que garantizan nuestros derechos más fundamentales, aquello que considerábamos intocable; aquello que considerábamos que nunca se llegaría a ver violado y que ahora nos tememos que comienza a peligrar en las garras y la avaricia de los mercados que parecen no saciarse nunca.
Pero si levantamos la vista, más allá incluso de la propia crisis, no podemos sino mirar con auténtica angustia situaciones como la que se viven en Siria y en otros países árabes; o el padecimiento y cuasi-esclavitud de millones de mujeres en países como Afganistán o Arabia Saudita; la generalización de las violaciones y de los abusos sexuales a las mujeres y niñas en algunos países de Centroamérica, con más de 14.000 denuncias entre 1998 y 2008; o la prolongación e incremento del hambre en el mundo; una hambruna que asuela zonas enteras como el Cuerno de África; o los centenares de personas que pierden la vida intentado saltar el Mediterráneo, que lejos ya de ser aquel espacio de encuentro que fue, se ha convertido en foso de muerte y sufrimiento; la miserable realidad de los niños y niñas soldado que han perdido sus vidas en guerras invisibles como la del Congo; el incremento en general del racismo, de la discriminación, de la desigualdad… y ellos son simplemente son algunos ejemplos de una situación que no podemos sino calificar de verdadera catástrofe.
Parece evidente que los derechos hay que ejercerlos y defenderlos o se pierden. Son conquistas sociales, históricas, y como tales es necesario exigir su cumplimiento y denunciar su quebranto. No debiera existir razón de estado alguna, o tasa de beneficio que mantener, que nos haga olvidar que las personas deben estar en primer lugar, con toda su dignidad y con todos sus derechos.
El aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos nos recuerda precisamente, la importancia de su defensa. Los Derechos Humanos son, esencialmente, herramientas de lucha por la dignidad humana. Para eso nos han de servir, para seguir y no parar hasta conseguir su cumplimiento, aunque sea utópico.

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