Guantánamo

2004, 28 de febrero.
En enero se cumplieron dos años de la llegada de los primeros detenidos a la base estadounidense de Guantánamo en Cuba. Y aún permanecen en nuestra memoria las imágenes bochornosas de decenas de presos vestidos con monos naranjas, encadenados y esposados de rodillas ante soldados americanos, con los ojos tapados o gafas pintadas de negro y la boca y la nariz cubiertas por máscaras
Si nuestra sociedad tuviera mas interiorizado el espíritu democrático y el respeto por los derechos humanos, las declaraciones de uno de los pocos presos que ha logrado salir de la pesadilla guantanamera, el español Ahmed Abderrahman, habrían enervado las conciencias y provocado ríos de indignación
Ahmed ha confirmado lo que todos sabíamos y lo que las organizaciones de derechos humanos hemos denunciado casi en el desierto. Más de 600 detenidos, entre ellos un número no revelado de niños, sin cargos, ni juicio, sin derecho a abogado ni a comunicación con sus familiares, sometidos a diferentes sistemas de tortura, en celdas inhumanas y regímenes propios de campos de exterminio.
El general Geoffre Miller, que está al cargo de los detenidos, anunció hace no mucho que los prisioneros serían juzgados por tribunales especiales militares, sin jurado y sin derecho a la apelación, que en Guantánamo se construirá una cárcel permanente, con su corredor de la muerte y su cámara de ejecución
Los EE.UU. han convertido en papel mojado la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU 10/12/48), el Convenio de Ginebra (12/8/49), el Pacto Internacional de los Derechos civiles y Políticos (16/11/66) o la Convención contra la Tortura y tratos inhumanos o degradantes (ONU 10/12/84).
Estados Unidos, como después demostró con la invasión de Irak, ha dejado así bien clara su intención de no respetar ni las Convenciones ni los Tratados ni los mecanismos de justicia internacionalmente reconocidos.
Parecía difícil concebir que un gobierno que se dice democrático pudiera hacer semejante ostentación de arbitrariedad y vulneración de los derechos humanos. Pero, para EE.UU. estos prisioneros son una especie de botín de guerra, un símbolo y un instrumento en su “cruzada” mundial contra quienes ellos designan –personas o países- como terroristas. Pretenden con ello para amedrentar a futuros “terroristas” a los que se advierte que no habrá clemencia si leyes que los protejan. Todo dentro de la filosofía de aplicar un “dolor insoportable”, un “castigo supremo”, tal como se pretende hacer, con resultados por cierto mas bien contrarios a lo que se persigue, con la cada mas creciente aplicación de la pena de muerte en EE.UU. para vergüenza de la humanidad.
El problema es que se ha formalizado una especie de consenso mundial entre gobiernos y poderosos del planeta en el que la defensa de los derechos humanos ha quedado relegada por el discurso a favor de la defensa de una hipotética seguridad. Sin tener en cuenta que, como estamos viendo tras el 11 de septiembre y las invasiones de Afganistán e Irak, es imposible la seguridad sin justicia y sin derechos humanos.
Por eso es imprescindible la presión social y de la opinión pública -Ahmed está entre nosotros por ello- con el objetivo de impedir las graves violaciones de derechos humanos que se están cometiendo en Guantánamo y otros lugares. La esperanza está en esas movilizaciones y en el entramado social cada vez mas amplio que se moviliza por la paz, la justicia y los derechos humanos.

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