El Sea Watch y los políticos de la ceguera

2019, 4 de julio. Publicado en Cuarto Poder

Desde hace unos días los versos de Walt Whitman están inundando las redes como una oleada refrescante ¡Ay capitana, mi capitana! Levántate para escuchar las campanas…es por ti que izan las banderas…es por ti que en las playas hormiguean las multitudes.

Hay algo de justicia poética en el hecho de que sea una mujer, la capitana Carola Rackete, quien hace frente y desafía las políticas xenófobas, desalmadas y criminales de Salvini porque, al fin y al cabo, el desprecio al feminismo forma parte del paquete político de la nueva extrema derecha.

Pero más allá del episodio de prepotencia inhumana que supone el arresto de la capitana, las advertencias a las ONGs de salvamento y de las amenazas de tratarles como piratas están los hechos y las actitudes. Más allá de las palabras y los hechos de Salvini está la complacencia y complicidad de la Unión Europea; porque en el fondo, los Salvini, los Le Pen, los Abascales… no son otra cosa que los engendros de esta Europa neoliberal que camina hacia su propia descomposición como el referente de convivencia que tal vez en algún momento quiso ser. Y es que el sueño neoliberal produce monstruos.

No, los salvinis de turno no son un eccema superficial en la piel de Europa sino que, cada vez más, se comportan como un nuevo órgano que le ha salido al sistema y que amenazan con controlarlo todo y destruir todo aquello que signifique libertad, igualdad, fraternidad, humanidad. Y una salvaje forma de conseguirlo es que nos volvamos ciegos a los hechos.

Pero los hechos son tenaces. Es un hecho la desmesura del sufrimiento y la tragedia del éxodo migratorio que se está viviendo -o habría que decir muriendo- en el Mediterráneo.

Es un hecho que en Libia ha vuelto a aparecer la esclavitud; es un hecho que, en estas condiciones, Italia ha ofrecido a Libia guardacostas y la construcción de centros de detención; es un hecho que Europa no está cumpliendo la ley en cuanto se refiere a asilo y refugio o salvamento en el mar; es un hecho que los gobiernos europeos ni siquiera están cumpliendo sus propios y exiguos acuerdos de reparto de acogida de refugiados.

¿A qué obedecen, pues, el bloqueo de las patrulleras aduaneras italianas al Sea Watch o el arresto de su capitana? No miro, no veo, no soy responsable.

En esta dinámica de hechos y actitudes de los gobiernos, la mera existencia de un barco solidario que se llama Sea Watch (Vigilancia, observación, atención…) es en sí misma un grito de rebeldía frente a las políticas de ceguera oficial e irresponsable ante la tragedia.

Contra esa ceguera, nos hacen falta más barcos que sean nuestros ojos, que se muevan con un aliento de esperanza, que recojan algo de nuestra humanidad arrojada al mar y nos la devuelvan a puerto y les podamos la bienvenida también con la canción del camino abierto.

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