Volvemos al nacional catolicismo

2018, 1 de abril. Publicado en La Voz del Sur, (versión levemente retocada)

No me ha sido dado el comprender los misterios de la fe. Porque la fe es un don que se otorga y a mi es obvio que no se me concedió. Por eso, desde mi agnosticismo, me resulta difícil comprender (en el sentido de considerar explicable y ajustado a razón) o empatizar con determinadas manifestaciones religiosas, entre ellas y muy destacadamente las marchas procesionales de semana santa.

Por eso procuro no tropezarme con ellas, cosa particularmente difícil y que exige portentosas habilidades no tan asequibles, ya que son omnipresentes en la ciudad y en los medios de comunicación hasta un punto, permítanme, abusivo. Que en el caso de los medios públicos vulnera además el carácter supuestamente aconfesional de nuestro Estado.

Aclárese llegado a este punto que no tengo ninguna duda sobre el derecho de creyentes o aficionados a la cosa a pasear por la ciudad las figuras en las que ellos ven representados a su dios, sus vírgenes o sus santos. No lo entiendo racionalmente, ni lo del dios, ni lo de las figuras que lo representan, pero están en todo su derecho, y lo digo sin ninguna reserva, pese a que en ocasiones resulte muy molesto a quienes no somos creyentes o no lo vivimos como un el espectáculo.

Lo que sin embargo sí que considero bastante cuestionable es que sean destinados importantes recursos públicos -económicos, materiales o personales- a promocionar y sustentar esta manifestación religiosa. Opino que dado el carácter aconfesional de nuestro Estado -supuestamente- excepto aquellos imprescindibles de seguridad, los gastos derivados de estos desfiles ostentosos deben ser costeados por sus organizadores, es decir cada cofradía.

En Semana Santa esa aconfesionalidad -que no es sino una forma vergonzante de evitar hablar de laicismo- queda suspendida. Y así vemos a concejales, alcaldes, presidentas autonómicas o ministros, participando -en el ejercicio de su cargo- tras la imagen de un supuesto dios o una supuesta virgen. Tendríamos que convenir que esos cargos públicos preferentemente no deberían participar y si lo hacen movidos por su fe, pues estarán en su derecho… siempre que lo hagan como ciudadanos y no en la representación de su cargo. Y si lo hace, como me consta en algún caso, por postureo o ganar unos votos, más vergonzoso resulta.

La pervivencia del perdón medieval por semana santa a petición de entidades eclesiales a algunos reos (ese es el lenguaje medieval) no sólo es un acto propio del nacional catolicismo, también resulta un verdadero insulto para muchos condenados que tienen que pasar un verdadero calvario (valga la expresión en este contexto) para conseguir un indulto sobradamente merecido e imprescindible.

Uno tiene que respetar que la Sra. Cospedal sea profundamente beata y le guste pasearse con mantilla por las calles el viernes santo. Pero es también Ministra de Defensa del Gobierno de España. Y en un estado laico no puede -no debe- llevar sus creencias a los cuarteles, como ha hecho la ministra ordenando que en los mismos ondee a media asta la bandera española para expresar el luto por la muerte de una persona que ella considera Dios, ocurrida supuestamente hace dos mil años. No debe por respeto constitucional y sobre todo no debe por respeto al conjunto de la sociedad española, diversa y plural, de la que todos y todas, creyentes o no, formamos parte.

Naturalmente caben dos interpretaciones. La primera bastante probable es que a este Gobierno la aconfesionalidad se la traiga al pairo y siguen considerando que el Estado debe tener una confesionalidad, la católica. La segunda, igualmente probable, es que este gobierno, y en general la derecha de este país pese a sus proclamas, sigue considerando que España y su bandera son de su propiedad.

La cruz y la espada tienen una amplia historia de simbiosis y connivencia en este “nuestro” país. Se remonta a la llamada “Reconquista”, nos acompaña desde los Reyes Católicos como una seña de identidad de su concepto de España y se perpetúa con la santa cruzada franquista-nacional-católica. Y ahora la derecha del PP en el gobierno la hace renacer.

Como ha señalado Juanjo Téllez, “en España, militares del Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire participan este año en más de doscientos actos institucionales y religiosos con motivo de la Semana Santa, algo que debería quedar reservado a la esfera privada, donde todo el mundo tiene derecho a profesar sus creencias religiosas”.

Quizás el espectáculo más evidente de lo que digo es el transporte de un Cristo (creo que le llaman de la Buena Muerte) por unos legionarios al cántico de ese himno fascistoide y siniestro de “El novio de la Muerte”, coreado nada menos que por cuatro ministros de España. Cruz y Espada. En este caso pistolas portadas por uno de los cuerpos militares de historial más espeluznante.

Franco murió hace 42 años, pero sigue la pesada losa de los privilegios y prebendas de la Iglesia Católica. El PSOE cuando pudo no quiso, o más bien no se atrevió en su permanente temor a molestar a los llamados “poderes fácticos”, y la Iglesia es sin duda uno de ellos. Y ahora con el PP, tengo la certeza de que vivimos impotentes una imparable involución de nuestros derechos y libertades, entre ellas la aconfesionalidad de nuestro estado.

Volveremos al nacional catolicismo. Si les dejamos.

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