Contra el terror, con la democracia y los derechos humanos

2017, 25 de agosto. La Voz del Sur

Sin que hayamos superado todavía el impacto de los atentados de Barcelona parece necesario referirse a ellos, sobre todo porque aún tenemos un nudo en la garganta. Aunque se haya dicho casi todo, me permito unas reflexiones que me parecen obligadas.

Lo primero era y es la solidaridad con la gente que ha sufrido el atentado, con las víctimas. Sin peros… Es verdad que esta barbarie se repite continuamente en Siria, Afganistán o Irak y que en sentimiento muy humano tendemos a considerarlas como lejanas y por tanto en gran parte ajenas. Pero ello no nos puede llevar a rebajar nuestra empatía y solidaridad con las víctimas de estos días, ni tampoco diluir nuestra condena sin matices de un acto tan execrable. Quizás ahora podamos sentir esa misma empatía para con el sufrimiento de la población de países como los citados que día sí y día también ven caer a mujeres, hombres y niños bajo las bombas de uno u otro bando.

El estado democrático tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos de actos como el de Barcelona, aunque seamos conscientes de que no habrá seguridad total ante una gente a la que no le importa inmolarse. La acción policial de prevención es imprescindible para ello. Pero el camino no es que la lucha por la obligada e imprescindible seguridad se realice sobre la estrategia de socavar -aún más- nuestros derechos y libertades. Por el contrario, perderemos derechos, no ganaremos ni un milímetro de seguridad, nos iremos deslizando hacia un modelo social y político autoritario y daremos a cambio nuevas y renovadas coartadas a los terroristas.

¿Qué hacer pues frente a la barbarie? En primera instancia explicarnos y comprender. Hay que intentar explicarse, por ejemplo, como unos chavales que han nacido aquí o viven entre nosotros desde pequeñitos, que han ido a la escuela con nuestros niños y niñas, llegan a ser capaces de matar salvaje e indiscriminadamente a personas inocentes.

Si lo analizamos un poco, las personas que se inmolan son jóvenes a las que esta sociedad no es capaz de ofrecer futuro ni ilusiones, que son discriminados para acceder al trabajo, que sufren en cambio el racismo y la islamofobia y la estigmatización de los medios de comunicación. Acaban gestando en las entrañas un resentimiento hacia los que sienten como extraños y enemigos, afirman referencias de identidad que ya no eran suyas sino de sus padres y abuelos que emigraron hace décadas con frecuencia muy deformadas respecto a las que tuvieron sus mayores , y terminan -como afirma el belga Daniel Tanuro-, envolviéndose en la fantasía de que el Estado Islámico ofrece un reino de hermandad y su martirio (en realidad su conversión en asesinos) les abrirá las puertas del paraíso.

De todas formas, explicarse no significar comprender ni empatizar. Todas las personas tenemos capacidad de tomar opciones incluso en las peores circunstancias. Por más que intentemos explicarnos las cosas, o hablemos de las causas que alimentan esta lacra terrorista, la responsabilidad primera de este execrable crimen es de quienes lo han cometido y de quienes los instigan a matar y morir. Y sobre ellos debe aplicarse la justicia y leyes democráticas.

También tenemos que entender que es lo que alimenta a organizaciones como Al Qaeda o el Estado Islámico que hoy constituyen una amenaza global para todos. No creo descubrir nada nuevo si señalo al menosprecio secular hacia el mundo árabe y musulmán por parte de occidente, sólo interesado en acceder, controlar y explotar sus recursos, que ha originado a su vez un profundo sentimiento de humillación en poblaciones que se ven arrinconadas gravemente. No hay espacio para analizarlo, pero creo que es fácil convenir que las intervenciones en Afganistán, Libia e Irak, han ahondado ese sentimiento y ha sido una escuela de todo tipo de organizaciones terroristas.

Pero, como dice mi buen amigo Daniel López, sería un error olvidar que otro fundamento del terrorismo de estos fanáticos es una interpretación del islam que pretende crear un califato que aplique a sangre y fuego la literalidad del Corán acompañada de miedo y terror global.

Organizaciones fanáticas por cierto que han crecido regadas con los dólares y el fundamentalismo religioso de países considerados amigos de occidente, como Arabia Saudí que debería sufrir el mayor boicoteo internacional tan sólo por las graves violaciones de derechos humanos en su propio país, especialmente contra las mujeres; o alimentados directamente por aquellos mismos países occidentales en función de sus intereses estratégicos de cada momento.

Al tiempo hay que rechazar de plano como recurrentemente hacen de forma miserable los gobiernos europeos la relación entre la llegada de refugiados -que huyen por cierto del mismo terrorismo que golpea en Barcelona- y la “entrada” de terroristas en Europa. Es falso de toda falsedad. Porque como se sabe los detenidos son personas que llevan años en España o son ciudadanos de pleno derecho, nacidos en nuestro país, al igual que los apresados en Francia o Bélgica en anteriores atentados. Se sigue pensando en dialécticas invasoras (ellos y nosotros) cuando quienes matan en Europa son casi todos europeos y que más bien los terroristas no vienen de Siria o Irak, sino al revés, van de Europa a combatir en Siria o Irak.

Pero no sólo es falso, sino que lleva a un corolario indigno e inmoral: el cierre de las fronteras y la muerte de miles de personas cuando intentan llegar al continente.

¿Qué hacer pues? Decía cuando los atentados de Bruselas, que no puede haber islas de paz en océanos de miseria. Y por tanto si queremos paz hace falta un horizonte de paz. Y ese horizonte sólo es posible cambiando el paradigma en la acción exterior europea: apoyar las legítimas aspiraciones del pueblo palestino; poner fin a la venta de armas, especialmente a Arabia Saudí y organizaciones terroristas; descartar de plano las intervenciones militares que sólo sirven de escuela terrorista, que ahondan en el odio, generan más conflicto y a la postre masacran a la población inocente; apoyar las también legítimas aspiraciones del pueblo kurdo; buscar fórmulas de diálogo para acabar con la guerra Siria…

Y por supuesto cambiar la mezquina y vergonzosa política respecto a migrantes y personas refugiadas por otra de dignidad, acogida y respeto de los derechos humanos. Es un imperativo moral y ético. Pero también rompe otro eslabón de la cadena de agravios en los que crecen los odios terroristas.

También alimenta el odio la repugnante campaña en las redes sociales en la que se intenta extender a todas las personas del islam la responsabilidad de los atentados. No me extiendo en desmontar esa acusación que los lectores de la Voz de Sur saben rechazar de sobra. Hay muchos lobos solitarios en las redes, pero también una cruzada orquestada en un contexto de envalentonamiento de sectores de la ultraderecha, franquistas irredentos y fascistas de todo pelaje. Con la lamentable y también repugnante condescendencia de algunos sectores políticos y eclesiales.

Combatir social y políticamente la islamofobia sin componendas es un reto de derechos humanos pero también de la lucha contra el terror.

En todo caso tengo la sensación -y la esperanza- de que en general no somos así. Que en realidad mucha gente expresa con sus menajes xenófobos, ignorancia y sobre todo miedos y temores. Resulta bastante fácil hacer culpables de nuestras frustraciones del presente y de nuestros temores de futuro a los que menos poder y responsabilidades tienen. Los que si tienen esa responsabilidad -por sus políticas de rapiña-, alimentan esos sentimientos difundiendo de forma machacona que son los “otros” y no ellos, los poderosos, los responsables de todo lo que nos pasa.

El incremento hasta la paranoia de la política securitaria ha fracasado. Buena parte de esos recursos hacen falta con urgencia para sacar a nuestros jóvenes de la postración, falta de futuro y estigmatización. Debe asegurarse que se seca la fuente del odio. Hace falta un cambio de conjunto, un nuevo paradigma, tanto en la política exterior como en las políticas internas de inclusión y el respeto de los derechos humanos

Lucha contra el terror, desde luego. Pero es con la vida como se lucha contra la política de muerte. Hay que responder con seguridad claro, pero sobre todo con libertad, con derechos humanos, con democracia y con dignidad.

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