Un imaginario cargado de estereotipos. Mujeres migrantes (2)

2017, 19 de agosto. Viva Conil – Andalucía Información

Decía en mi anterior artículo en estas páginas que cuando hablemos de inmigración -si cumplimos cabalmente nuestra misión como organización defensora de los derechos humanos- tenemos que percibir y tener en cuenta la situación doblemente discriminada de las mujeres migrantes y, muy particularmente, el distinto imaginario con las que se les trata. A este segundo aspecto quisiera dedicar unas líneas.

Respecto a las personas migrantes existe todo un imaginario social, es decir una representación colectiva no basada en la realidad de las cosas, sino lleno de tópicos y estereotipos acerca de cómo son y particularmente cuales son las repercusiones de su presencia entre “nosotros”. Al fin y al cabo, de eso se trata de “ellos y nosotros”.

En esta sociedad en crisis (de valores, de proyectos, de futuro y claro también social y económica) mucha gente padece graves penurias y frustraciones. Y -alentada por sectores políticos y poderes económicos- resulta bastante fácil desviar esas frustraciones hacia los que tienen menos poder y menos recursos para hacerlos responsables de los males que nos aquejan.

Los enemigos y los responsables de esos males difunden machaconamente que son “los otros”, no los poderosos, sino los “otros”. De ahí que se levante ese imaginario de tópicos sobre esos “otros”.

A esos “otros”, a las personas migrantes se las ve falsamente como si fueran una población homogénea. Como si fuera lo mismo haber llegado desde Pakistán, Nicaragua o Senegal… Independientemente de que acaben de llegar en una patera o lleven diez años entre nosotros y ya tengan la nacionalidad. Parece que -para ese imaginario social- inmigrante se es de por vida. Pero la emigración es un proceso de cambio, una situación transitoria, que termina cuando la persona se establece y asienta en un lugar.

La exageración del uso del vocablo inmigrante tiene además otro efecto perverso: tiende a acentuar la diferencia con la población autóctona, identificando injustamente diferencia o diversidad con desigualdad en los derechos.

Lo que resulta sin embargo curioso -y lo que nos interesa ahora- es que en ese imaginario social construido sobre los “migrantes”, se visualizan de forma diferente los hombres y las mujeres.

Se produce una curiosa lectura social en la que hombres y las mujeres aparecen como “portadores extremos de los condicionantes de género”. O dicho de forma menos pedante, los roles de género son llevados al extremo, subrayando por ejemplo la agresividad masculina [los inmigrantes son activos, arrojados y peligrosos] y por contra la pasividad y debilidad femeninas [las inmigrantes son dulces, muy fértiles, con marcada sexualidad e indefensas].

Por ello y coherentemente con la interpretación que exagera las atribuciones de género, cuando se trata de las migraciones de mujeres, predomina el estereotipo que presenta a las mismas como víctimas indefensas, siempre engañadas y explotadas por delincuentes y mafias… Se considera que los hombres saben solucionar sus problemas y las mujeres necesitan sistemáticamente protección.

Eso es recurrente en los medios de comunicación en los que las noticias referidas a mujeres migrantes suelen limitarse a las redadas en las que son presentadas simplemente como víctimas, como si no tuvieran ninguna capacidad de decisión; o de agenda, que es una forma más de moda para decir lo mismo. Es una visión de las mujeres migrantes frecuente en los partes policiales e incluso también en algunos colectivos feministas.

Tenemos que empecinarnos machaconamente -todos y todas- en acabar con las leyes que aún discriminan, en construir legislaciones que fomenten la igualdad y protejan de las situaciones de violencia y vulneración de derechos… Es nuestra obligación. Pero sobre todo tenemos que escucharlas y prestar atención, dejar que hablen con su propia voz, sus querencias y exigencias. Porque, no lo olvidemos, no son sólo ni principalmente víctimas; son mujeres con capacidad de tener proyectos y decisiones propias.

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