6.120

2017, 28 de junio. La Voz del Sur.
Centenares de niños, mujeres y hombres emigran arriesgando sus vidas para cruzar el estrecho interrogándonos con una mirada de incomprensión acerca de cuál fue su delito.
Y mientras esperan resignados su suerte, encerrados en esos siniestros CIES, nunca sabrán probablemente que su mirada va a ser utilizada por gobiernos y gentes sin escrúpulos que intentan demostrar a toda costa que ellos forman parte de la avalancha, de la oleada de inmigrantes que nos invade. Posiblemente no lleguen a saber que este gobierno y los que rigen la Unión Europea intentarán que su foto aparezca publicada junto a palabras terribles como mafia, narcotráfico e, incluso, terrorismo.
Este verano volvemos a escuchar otra vez el mantra de la avalancha, de la oleada de pateras. Y de nuevo se nos interroga sobre las razones que han provocado este incremento.
Es verdad que posiblemente Marruecos, esté utilizando otra vez de forma desaprensiva a las personas migrantes para conseguir de España y la UE suculentas contrapartidas; o quizás se encuentre en una escalada de represión interna que le impide prestar atención al control de sus costas. Es verdad también que el buen tiempo facilita la patera y el riesgo se percibe como menor. ¿Pero realmente hacen falta estas explicaciones que añaden tan poco?
Como si la desesperación, la guerra y la falta de futuro no fueran argumentos suficientes. “Nadie se va de casa hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído que dice: vete, huye de mí ahora, no sé en qué me he convertido, pero sé que cualquier lugar es más seguro que aquí”. (Warsan Shire).
No hay avalancha, no hay oleada. Hay personas que huyen como huyeron miles de andaluces, con la diferencia que nosotros pudimos coger el tren, el ferry o el avión. Lo que habrá que preguntarse es si verdaderamente sería imposible acoger a algunas miles de personas para un país de 45 millones de habitantes y que resulta ser la cuarta economía de la zona euro. La cicatería en la acogida de refugiados y migrantes y la crueldad de la que hace gala nuestro gobierno es gravemente inhumana e inmoral.
Llevamos 25 años de políticas migratorias y de asilo violentadoras de derechos y a la postre absolutamente fracasadas… La Unión europea construye Muros, levanta alambradas y concertinas, instala Sives y usa drones, despliega patrulleras y guardias de fronteras e incluso al ejército y a la armada… Se trata de lo que algunos calificamos de una auténtica guerra contra migrantes y refugiados. Pero siguen llegando, porque es más la desesperación que el temor al riesgo de subirse a una patera de muerte.
Europa se enroca en sus miedos, y alimenta el negocio de la seguridad que mueve miles de millones de euros. Y con ello impulsa el racismo y el odio al diferente; y nutre de argumentos a una ultraderecha envalentonada; y resquebraja sus principios más fundamentales. Y de esta forma avanza decididamente hacia el abismo de su propio naufragio como espacio de paz, solidaridad y derechos humanos. Quedará, si los dejamos, tan sólo la Europa de los mercaderes.
Han convertido el Estrecho en el foso de la muralla de Europa donde vienen a caer cuantos intentan atravesarlo. Según la amarga contabilidad de la APDHA, acabamos de superar la cifra de 6.000 personas muertas o desaparecidas intentado llegar a España desde 1997 hasta ahora. Exactamente 6.120. Se incluyen tan sólo los datos que hemos podido verificar o contrastar. Pero son cifras alejadas de la realidad, porque se produce lo que la OIM ha calificado de fenómeno “undercounting”, de tal forma que, según los expertos, por cada víctima localizada, en realidad hay otras dos de las que jamás se sabrá.
Es verdad que es una cifra espantosa, aunque quede lejos de la cifra aún más espantosa cercana a las 16.000 víctimas en el conjunto del Mediterráneo que ha sido estimada por esa organización en sólo dos años y medio. Pero ambas son absolutamente intolerables en una sociedad democrática, sensible y respetuosa de los derechos humanos
Dicen que todo esto no es sino el más abyecto racismo institucional. También podríamos hablar de una nueva banalización del mal. Y tienen razón. Lo grave es que las consecuencias las pagan ellos, los otros, las personas migrantes y refugiadas, que nos interrogan con su mirada. Y, al final, las pagamos toda la ciudadanía que veremos cómo crecen la crueldad hacia los otros, el odio al diferente y el más despreciable racismo en una sociedad degradada que permite impasible que pierdan la vida miles y miles de entre quienes llaman a nuestra puerta.

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