Lucha por los derechos, desmovilización y ayuntamientos del cambio

2016, 10 de octubre. Blog APDHA Cádiz
Nos es una aproximación científica. Pero es generalizada la sensación de que se ha producido desde hace un par de años un parón de la protesta y la movilización social en España. Tras el proceso que arranca con el 15M en 2011, las grandes movilizaciones de masas, sindicales o de las mareas en 2012 y 2013, el surgimiento movimientos de gran impacto social (PAH, preferentes…), la realidad es ahora de importante atonía social. Una movilización social débil, pero al tiempo desconcertada, tanto en cuanto a sus objetivos como en cuanto a sus formas y alcance.
¿Qué ha pasado? Hay que pensar que ningún movimiento que implique a sectores amplios de la sociedad, puede mantenerse movilizado, en la cresta de la ola, por tiempo indefinido. Todos ellos tienen su surgimiento, su clímax y su receso. Quiero recordar aquí, por citar algunas, el movimiento contra la OTAN, las acampadas del 0’7, las grandes manifestaciones contra la guerra, el movimiento antiglobalización… o el propio 15M.
Tiene su lógica: la gente se agota, no se ven resultados o se acaba con una derrota. Y a veces es el propio poder quien tiene la habilidad de integrar al movimiento de protesta y neutralizarlo (lo que no quiere decir que no sirviera para nada y queden secuelas; recuérdese por ejemplo como acabaron las acampadas del 0,7, pero también recuérdese su alargada sombra que perdura aún hoy).
En otras ocasiones se trata de la opción por la acción en el ámbito de la política institucional. No critico esa opción porque es evidente que los cambios sociales necesitan de importantes transformaciones políticas, y para conseguirlas hay que implicarse en ellas. Pero sucede que no es infrecuente que el movimiento social quede en parte neutralizado por la incorporación de sus mejores activistas a la acción política. Un ejemplo recordado fue el movimiento vecinal en la transición, que nunca fue igual tras la incorporación masiva de miles de sus cuadros a la gestión municipal en las primeras elecciones democráticas en 1979. Posiblemente algo de ello también pueda estar sucediendo hoy en parte.
La consecuencia entre una u otras cosas es esta cierta atonía que constatamos, la enorme dificultad para arrancar importantes movilizaciones sociales, lo que no se contradice con la existencia de pequeños movimientos y colectivos muchos de los cuales a veces carecen de raíces en la sociedad y han terminado por hacer de su debilidad virtud.
En este contexto, la llegada de los llamados ayuntamientos del cambio, y refiriéndonos a los más cercanos, introduce nuevas variables en la acción de los colectivos y movimientos sociales que pueden hacerlos zozobrar o tal vez fortalecerse.
Es preciso señalar en primer lugar que la mayoría de los colectivos hemos reclamado el cambio en las políticas de gestión municipal. Y que por tanto apoyamos la llegada de nuevas caras y nuevas opciones más cercanas a la gente y a sus problemas. Ni somos ajenos ni nos resulta indiferente quien y como gobierne nuestras ciudades.
Pero… Pero quizás por ello, entre el acoso mediático o político que sufren estos nuevos ayuntamientos, puede prevalecer en muchas asociaciones el “no hacer sangre”, dejando de señalar o denunciar cuestiones que con otros gestores no se dudaría en denunciar.
También ayuda a dificultar la acción social en estos municipios del cambio el que se puedan terminar asumiendo como propios los límites reales en los que se mueve la gestión municipal. Los límites tanto económicos como políticos existen y son relajes, todos somos conscientes, pero aceptarlos y por tanto encorsetar la acción social a ellos, condena a la inacción y la agonía en la social.
No podemos decirnos a nosotros mismos “sí, es verdad que sería imprescindible poner en marcha tales o cuales medidas, pero en este momento comprendemos que no hay recursos y no se puede hacer otra cosa”. Porque nuestra gente, la gente desfavorecida no entiende de límites, entiende de sufrimiento y falta de derechos.
Ciertamente la señalada atonía social, no ayuda a poner en marcha movimientos de cierto calado para exigir esas políticas que siguen todavía ausentes meses después del “cambio”. Ni anima a empujar con iniciativas concretas, que tampoco es fácil porque normalmente hablamos de temas complejos que necesitan de un cierto nivel de tecnicismo que no está al alcance de muchos colectivos sociales
Podíamos convenir en que la actual pasividad social no es buen terreno para articular una consecuente participación ciudadana en la cosa pública, que exige tensión y compromiso de colectivos y personas. Pero digamos al tiempo que tampoco ayuda el que no se terminen de articular mecanismos ágiles y eficaces para animar dar cauce a esa imprescindible participación de la ciudadanía.
En los nuevos municipios del cambio, hay un compromiso teórico para la participación, que se declara como elemento central de las políticas del cambio. Pero nos da la impresión de que no se sabe cómo articular esa participación ni cómo actuar ante los colectivos sociales. Las proclamadas “nuevas” fórmulas de participación, calificadas como “directas” de la ciudadanía o “asamblearias”, ni terminan de cuajar, ni se conoce cómo se van a implementar si es que lo van a hacer, ni se sabe en cuanto y como están contrapuestas a las formulas ya reglamentadas. Muchas veces, además, nos da la impresión de que existe cierta incomodidad en estos gobiernos municipales ante la participación crítica, por más que sea reclamada y proclamada; por lo que no resulta infrecuente la búsqueda de atajos que no suelen ser un buen camino.
Y lo cierto es que mecanismos de participación imprescindibles, por ejemplo, los que afectan al área social, están paralizados sin que les imprima ningún dinamismo.
Se hace difícil participar y los mecanismos para ello ni están claros ni están engrasados los pocos existentes.
Henos aquí pues. Y en este contexto esbozado, en la lucha por los derechos, no quisiéramos que se despreciasen los cambios producidos y no se tenga en cuenta que están gobernando otras opciones, en principio más cercanas a las necesidades de la gente y que podrían ser más favorables a dar pasos positivos para avanzar en los derechos.
Pero tampoco los colectivos sociales podemos acabar terminando por asumir, comprender o aceptar los límites de la gestión municipal e incluso terminar mirando hacia otro lado cuando esa gestión se llena de errores, falta de iniciativa y omisiones. Los límites son reales, pero pertenecen al ámbito de lo institucional y de las administraciones, y no nos valen en general, ni podemos aceptarlos, cuando del sufrimiento y los derechos de la gente hablamos.

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