Burkini

2016, 23 de agosto. Viva Conil.
La imagen de las jugadoras del partido de vóley playa que enfrentó a Egipto y Alemania ha suscitado todo tipo de comentarios. Las egipcias con todo el cuerpo cubierto. Las alemanas con bikini corto, similar al que llevan muchas mujeres en nuestras playas.
Los comentarios incendiaron las redes. Por un lado quienes desde la visión muy occidental criticaron el equipamiento de las egipcias, sobre todo el uso del hiyab por parte de una de las jugadoras. Fueron críticas en general poco respetuosas si, como parece, se trataba de una elección y no de una imposición. De hecho la otra jugadora no lo lucía, por lo que se deduce que la opción en ambos casos fue voluntaria. Más aun cuando otros equipos egipcios femeninos no usaban esta vestimenta.
Por otra parte, en relación a la vestimenta de las atletas almenas, no pocos comentarios en la red destacaban que iban casi desnudas, en un ejercicio de moralina y con un tufillo de puritanismo bastante desagradable.
Los juegos de Río han dado una amplia muestra de comentarios machistas de todo tipo sobre las mujeres deportistas. Como decía en FB un amigo… ¡dejen de criticar como visten y miren como juegan!
Pero si la polémica sobre la vestimenta deportiva descubre una mirada sobre la mujer cargada de machismo, la ola de rechazo en toda Europa, incluso a nivel de intervención gubernamental y prohibiciones de su uso por parte de algunos ayuntamientos, sobre todo en Francia, en relación al llamado Burkini para el baño en las playas, ha venido cargada de prejuicios interesados, polémica oportunista y confusión sobre igualdad y libertad de las mujeres.
Pues yo pienso, como Jorge M. Reverte, que “la discusión sobre el Burkini no lleva muy lejos: si una mujer lleva burka o su estúpida versión playera, lo único que nos puede importar como ciudadanos es si lo hace porque quiere o porque la obligan. Y, si la obligan, tenemos que encontrar la manera de ayudarla de veras a tomar su opción libre… En el sentido contrario, habría que plantearse si hay alguien legitimado para obligar a las mujeres a desnudarse en las playas”.
Aun así, sería de interés añadir otros elementos para analizar este tema. Por ejemplo los que se refieren al simbolismo del uso de este tipo de prendas, o los que atañen al riesgo que puede tener para las mujeres que decidan no hacerlo, o que curiosamente la vestimenta de los hombres no esté en discusión.
Cuando las mujeres en España tenían que cubrirse para entrar en la iglesia o estaban obligadas a vestir de riguroso luto, pañuelo incluido, casi de por vida, por más que todo ello se hiciera “voluntariamente”, es obvio que se trataba de un símbolo de supeditación y desigualdad para las mujeres, pues no afectaba en ningún caso a los hombres.
De la misma manera, las prendas como el hiyab y más específicamente el burka, más allá de la voluntad libre de las que los usan, que hay que respetar en todo caso, entroncan a mi modo de ver con la supeditación de las mujeres. Contienen una gran simbología patriarcal.
Y ello no quiere decir que veamos a todas las mujeres que usan estas prendas como víctimas. Siempre hay opciones. Pero en muchos casos esas opciones no son fáciles de tomar, la libertad está restringida por el riesgo que supone la decisión de no usarlas, bien sea de cierto ostracismo social, o peor aún, en países como Irán o Arabia Saudí un verdadero peligro físico.
Así que dejemos en paz como visten las mujeres, que no debe concitar más atención que la de ayudar a luchar contra la imposición de usar unas u otras prendas.

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