La tragedia que no cesa

2008, 13 de julio. Frontera Sur: frontera sin derechos humanos.
Se escriben estas palabras todavía impactados por las tragedias cercanas por las que en unos días perdieron la vida en el mar 45 personas en La Gomera, Almería y Motril. Pero unas semanas atrás, el 24 de junio, 37 personas fueron encontradas muertas frente a la costa de la capital de Gabón, Libreville, después de que la embarcación en la que viajaban naufragara. Y a finales de abril, en las playas de la localidad marroquí Al-Hoceima fueron 36 los cadáveres recuperados. A comienzos de ese mismo mes, los guardacostas argelinos recataron los cadáveres de 13 emigrantes clandestinos que zarparon desde la playa de Mers el Hedjadj en dirección a Murcia.
Todos ellos han pasado a engrosar la fatídica estadística de personas sin nombre y sin rostro, apenas sin familia o conocidos, que pierden la vida intentando dar vida al sueño que los impulsó, muchos meses antes, a partir.
Penalidades y padecimientos sin cuento por rutas inhóspitas hasta llegar a la orilla de un Mar que ya no es “nostrum” sino frontera impenetrable y camino impracticable. Miles de personas han dejado la vida en el intento. En este año fueron 265 de los que pudo saberse su número, pero anónimos, como lo fue su aventura vital. Casi mil durante el año 2007.
Se vuelven a escuchar como siempre las voces de quienes culpan a las olas de ocho metros, al mal tiempo, a las mafias, o a la insensatez de quienes incluso con niños se arriesgan a perder la vida.
Pero la opción de correr este terrible riesgo es asumida, y sólo se explica por las condiciones que dejan atrás, ciertamente invivibles: miles de jóvenes en la globalización con un euro al día… jóvenes sin futuro que piensan que nada pierden arriesgándose. Es la única salida que ven para abrir una puerta a la esperanza para ellos y para sus familias
Arriesgándose porque no pueden hacerlo de otra forma sino clandestinamente. Porque las posibilidades de obtención de un visado son prácticamente nulas para un ciudadano del África Subsahariana. Sólo queda la huida. La travesía del desierto del Sáhara es ya una odisea que demasiadas veces termina en tragedia invisible, pues el desierto es ya también como nuestros mares una inmensa tumba anónima. Quien sobrevive a ella, se encuentra bloqueado meses o años en los países ribereños norteafricanos, a la espera de una oportunidad de paso, viviendo en la mayor de las precariedades y pasando todo tipo de penalidades.
La mayoría de los niños que vemos intentar llegar a nuestras costas han nacido en la ruta y no disponen de ningún tipo de documentación, no hay ningún papel que atestigüe su existencia. Nadie los reconoce, de modo que no disponen de ningún tipo de protección o derecho. Seguir adelante es la única posibilidad, aunque sea con el terrible riesgo asumido que no pocas veces termina tan trágicamente como hemos podido ver estos días en nuestras costas.
Empujados por la falta de futuro, por la miseria, por las crisis ecológicas o alimentarias, por regímenes tiránicos y cruelmente represivos, por la discriminación que soportan o por la vida que ya no quieren soportar, miles y miles lo intentan.
Sólo en lo que va de año han sido detenidos más de 7.000 inmigrantes en el conjunto del litoral español. El año pasado más de 19.000 y durante al año 2006 se superaron ampliamente las 41.000 personas detenidas. Sin contar todas aquellas a las que ni siquiera se les permitió salir al mar detenidas en las costas africanas.
Son cifras sobre las que reflexionar. Reflexionar en primer lugar acerca de que, pese a su dramatismo, no se trata de ninguna avalancha. Porque el número de migrantes llegados en embarcaciones es casi anecdótico en relación al total de inmigrantes irregulares (se calcula que más de un millón) que las actuales políticas migratorias (verdadera fábrica de clandestinos) han generado en nuestro país en los últimos tres años.
Reflexionar también sobre el impresionante despliegue de medios a todos los niveles, desproporcionado a ojos vista, llevado a cabo por el Gobierno Español para “contener” a todas esas personas, anónimas siempre, los “nadie” que sólo quieren dejar de serlo.
En estos años de gobierno del PSOE se han incrementado como nunca, sin precedentes, todas las políticas destinadas a “luchar contra la inmigración ilegal”. Con una filosofía básica: que venga tan sólo los que necesitemos y cuando no los necesitemos que se vayan como propone ahora el ministro Corbacho con la capitalización del paro para “invitar” a irse a los migrantes en esa situación. Y aquellos que no deseamos que no logren entrar. Para ello un criterio instrumental para regir políticas de control y en relación a África: intentar que no salgan de sus propios países, si logran salir que sean interceptados antes de que lleguen y si, pese a todo lo logran, que puedan ser expulsados con la mayor rapidez y con las máximas facilidades.
Una política instrumental que ha llevado a implementar el sistema de interceptación temprana, en SIVE, en la mayor parte de la costa española a las que pudieran llegar pateras o cayucos. La misma filosofía que despliega el Frontex en África, para impedir salir a los africanos olvidando tiempos no tan lejanos del telón de acero al acuñar el concepto de emigración ilegal ajeno para todo del espíritu y la letra del art. 13 de la DUDH.
Es esa política instrumental la que ha impulsado una política de relaciones con los países africanos que, de forma indecorosa e indigna, condiciona la ayuda al desarrollo al cumplimiento de “sus deberes” de control de la emigración clandestina.
Y es esa política instrumental la que eleva muros y alambradas, despliega ejércitos o a la Guardia Civil e invierte miles de millones de euros para rechazar a los inmigrantes como sea.
Aquella filosofía ha sido la que ha estado presente y ha inspirado el reciente Pacto Europeo para la Inmigración aprobado “unánimemente” en Cannes por los 27. Ajenos y soberbios, más allá de alguna declaración poco creíble de condolencia, ni preguntaron por el nombre de los muertos ni se preocuparon por sus familias. Quizás en el mejor de los casos, la cifra de estos anónimos candidatos a la emigración clandestina haya aparecido como una cifra más de tantas que estarán incluidas en los voluminosos dossiers en las carteras rotuladas en oro con su nombre.
Es esta filosofía la que está convirtiendo el encierro de inmigrantes a la más importante forma de gestión de los flujos migratorios en Europa. Lo que por si duda alguna quedaba, ha quedado plasmado en la Directiva Retorno, la Directiva de la Vergüenza, que socava los fundamentos del Estado de Derecho y pone en cuestión los valores democráticos y de respeto a los derechos humanos que están supuestamente en la base de la construcción europea
El sentido común diría que una Europa que presume de ser tierra de libertad y derechos, debería acoger con los brazos abiertos a estos desarraigados forzosos que suponen para ella misma una esperanza de futuro. Pero ciega ante sí misma, dominada por sus miedos, condicionada tal vez por oscuros intereses, Europa refuerza sus muros y da la espalda a los derechos humanos. Para muchos empieza a abandonar lo que es o debiera ser su razón de ser.
No se trata aquí, llegados a este punto, de negar la complejidad de la gestión de las migraciones desde África a Europa. Ni de abstraerse de la legitimidad al control de las fronteras propias. De lo que se trata es de reivindicar algo aparentemente tan simple como el sentido común y algo aparentemente tan difícil como el respeto a los derechos humanos.
El próximo 1 de noviembre recordaremos a los 11 inmigrantes que perdieron la vida en la Playa de Los Lances en Tarifa, en 1988. La primera de las tragedias conocidas… hace ya 20 años.
Tan sólo desde el más estricto sentido común, resulta legítimo preguntarse cuál es el resultado y adonde nos conducen casi veinte años de estas políticas hiperrestrictivas de control de fronteras.
Es cierto que se ha reducido el número de pateras en relación a 2006 y 2007 (que no en relación a los años 2000-2005). Pero ¿a costa de qué? A costa de la pérdida de centenares de vidas humanas, de que se cree un foso de animadversión en buena parte de África hacia Europa, de perpetuar la marginación de todo un continente y, sobre todo, a costa de provocar graves violaciones de derechos humanos, incompatibles con una sociedad democrática. Tal vez así, con la tragedia permanente asomando a nuestras costas, se reduzca el número de pateras a corto plazo. Pero cualquier analista serio afirmará sin duda que los flujos migratorios desde África no sólo no se van a detener, sino que incluso se van a incrementar. Más aún inmersos como estamos en una crisis global que afecta muy especialmente a los países de toda África. Y es que resulta verdad de Perogrullo que no se pueden poner puertas al campo.
No se puede abordar estas realidades profundas, estructurales, con más Frontex, patrulleras, SIVES, expulsiones masivas, campos de internamiento, acuerdos impuestos a países terceros, militarización de las costas de esos países, alambradas… No se puede abordar así porque provoca graves violaciones de derechos humanos. No se puede abordar así porque no es de sentido común y no se puede mantener a medio plazo. Y no se puede abordar así porque corrompe el carácter democrático de nuestra propia sociedad y la convierte en cerrada, recelosa y pronto xenófoba. Una sociedad que nadie quisiéramos vivir.
No nos valen condolencias o dolores “insoportables” como el que ha padecido el presidente Zapatero con estas muertes. Tampoco nos valen ya las llamadas a liderar la cooperación con África. Falta hace sin duda. Pero no la cooperación condicionada, no la cooperación que no permite el desarrollo autónomo o que perpetúa la deuda. Mucho menos aquella cooperación que se relaciona con el control de la emigración lo que a la postre sirve muchas veces para fortalecer a regímenes no democráticos y a reforzar sus capacidades policiales para la represión de la población.
Y en todo caso, largo me lo fiáis. Porque de la cooperación sólo sabremos de resultados y conoceremos sus consecuencias al menos a medio plazo. Por tanto, cooperación sí, en condiciones. Pero al tiempo, una gestión de flujos más flexible y solidaria, más abierta y generosa, no basada en razones utilitaristas sino de estricta justicia, única forma posible de intentar evitar que se sigan perdiendo vidas de criaturas cuyo único objetivo es buscar un futuro con dignidad.
Se puede argumentar sin duda sobre la legitimidad del control de las fronteras propias; pero ese control no es irrestricto: está, tiene que estar, limitado por el respeto cabal, escrupuloso, de los derechos humanos. De todos los derechos humanos. Y ello exige en una sociedad democrática la adopción de medidas y de normativas legales que persigan las violaciones de esos derechos y que protejan a los que las padecen.
Quizás sea el momento de plantear la necesidad de un Tratado Internacional para el respeto de los Derechos Humanos en las fronteras. Quizás nuestro III Foro social Mundial de las Migraciones que celebraremos en Rivas este próximo mes de septiembre, en el que se comprobará que la realidad descrita arriba no es ajena a otras fronteras del planeta, pueda ser un buen marco para impulsar la lucha por conseguirlo.

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