Sueños rotos, pero no imposibles

2004, 10 de diciembre. Día de los Derechos Humanos.
En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos                  humanos;
pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar?
                                                                                                   Eduardo Galeano
Día de los derechos humanos. Día de sueños. Son sueños para un mundo que ya no es vida y que se ha convertido en una pesadilla para buena parte de la humanidad.
Cerramos los ojos para dormir y soñar, y sólo vemos un mundo convulso. ¿Cómo ignorar a los cientos de millones de personas que sufren ahorita mismo la pobreza y el hambre, la tortura o la falta de libertades, el expolio de sus recursos o el robo de su agua, o simplemente la guerra siempre cruel y sanguinaria? Es muy posible que hablar a todas esas personas de derechos humanos sea un cruel cinismo.
Malos tiempos para celebrar y soñar. Malos tiempos para celebrar algo que, hoy en día, debería tener más sentido que nunca, más contenido que nunca… Y que, sin embargo, y lamentablemente, está más hueco que nunca y más denigrado que nunca.
Cerramos los ojos para dormir y soñar, pero no son sueños sino pesadillas. Vemos el dolor y la muerte sin sentido de unos y otros en el conflicto de Palestina en el que se ha negado el futuro a todo un pueblo, masacrado y humillado. Vemos la muerte y la violencia convertidas en Irak en siniestra realidad como resultado de una invasión que nunca debió ser. Vemos la impunidad de la mayor potencia del mundo, que considera los derechos humanos mojigatería ya ni siquiera recurso dialéctico y cuyas únicas razones parecen ser única y exclusivamente el poder de sus armas.
La pena de muerte, la falta de libertades, los regimenes sanguinarios, la persecución de los defensores de los derechos humanos, de los discrepantes o de los periodistas son todavía por desgracia moneda común
Cerramos los ojos, pero no podemos impedir que lleguen a nuestra retina la pesadilla de Dafur, o de los Grandes Lagos, o las hambrunas, o las devastaciones evitables. Contemplamos impotentes la explotación inmisericorde de niños y niñas condenados al trabajo o forzados a guerras que para ellos fueron su único juguete antes de morir sin infancia.
Como en la película Soylent Green, cuando el futuro nos alcance, los ricos se amurallan para protegerse de la masa hambrienta de pobres y desarrapados. Pero no se trata de una película es la realidad de una Europa cada vez mas fortaleza ante los pobres de eso que llaman el Tercer Mundo. Patrulleras, alambradas, sensores, policías… en el sur de Europa en el norte de México y en tantos otros sitios donde interesas sin sentido y sin humanidad han decretado que se cierren las puertas. Miles de personas sufren, viven en campos miserables en el escalón más ínfimo de humanidad aporreando esas puertas. Y finalmente muchos de ellos en Arizona, en Sicilia o en Canarias pierden la vida en el intento de encontrar una grieta, una fisura o un estrecho pasadizo.
Son en verdad tiempos de sueños convertidos en pesadillas que no dejan dormir.
Por desgracia no se trata de una maldición del cielo y no es fácil deshacerse de ellas al despertar. Porque en buena medida este inmenso oprobio, esta pesadilla propia de la mejor ciencia ficción, es el corolario de un sistema injusto y soberbio, cuyo único norte es el beneficio para unos pocos a pesar o precisamente sobre la desgracia para muchos. Un sistema que se olvidó del ser humano que sólo cuenta como mercancía o como consumidor o que de lo contrario dejará de tener interés y podrá ser desechado.
Pero ni siquiera en las antiutopías más pesimistas se cierran todas las puertas a la esperanza. Es cierto que en 1984 está todo dominado, pero hay individuos disconformes. En Un mundo feliz, no siempre el control o la manipulación dan el resultado buscado. En Nosotros, del ruso Zamyatin, donde cada individuo es un número, hasta los números se enamoran. Y en Fahrenheit 451, para no olvidar, cada persona aprende un libro.
Porque, pese a todo, en este mundo convulso y a veces terriblemente deprimente, ni todo está controlado, ni nada es predecible. Día de los derechos humanos, día de sueños rotos, pero no imposibles. Corren malos tiempos para los sueños, pero los grandes soñadores nunca tuvieron buen tiempo en sus carreras. Sabían que nadaban contracorriente.
Permítasenos seguir soñando realidades que por utópicas no son necesariamente ilusorias o imposibles. Soñar con otro mundo que es posible y además urgente. Un mundo soñado por y para la solidaridad. Solidaridad entre los pueblos. Solidaridad entre personas, solidaridad entre generaciones…
Los Derechos Humanos no pertenecen a la esfera de lo ilusorio sino al mundo de las posibilidades, de las mejores utopías si se quiere, algo siempre proyectado y aún no conseguido, pero no por ello imposible.

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