Se nos escapan ya entre los dedos los últimos días del año. Al que vamos a despedir con todos los honores para que no vuelva nunca más uno similar. El que nace queremos que rebose de la esperanza y los anhelos de quienes han sufrido más en este año tan malo.

Este año será sin duda un fantasma, que como en el Cuento de Navidad, nos muestre todo aquello que no deberá volver a ocurrir porque seremos capaces de cambiar los errores del presente. No podemos consentir que la avaricia del Señor Scrooge consiga definir nuestro futuro hasta convertirlo en un paisaje de Dickens; privatizando la sanidad, racaneando los recursos para la educación pública, abandonando a nuestros mayores a la soledad del negocio de las multinacionales del sufrimiento.

Ese es el reto; Vivir estas Navidades no sólo diferentes por las imprescindibles precauciones sanitarias, sino porque la crisis que vivimos nos está obligando a aprender a discernir entre lo necesario e indispensable y lo accesorio y prescindible.

Y debemos señalar con dureza a los Señores Scrooge, tan de derechas ellos, tan de orden, que se vanaglorian de incumplir las normas porque ellos están por encima de las normas con sus fiestas de élite en sus zonas de lujo.

Frente a esos fantasmas debemos un reconocimiento entrañable a quienes leen la realidad de los más débiles y vulnerables, y trabajan en el presente cotidiano para los demás y así van construyendo otro futuro.

Por supuesto nos referimos a quienes de verdad hacen que funcione nuestra sociedad, con su día a día muchas veces ignorado, pero tan valioso. Gente pequeña que haciendo pequeñas cosas van cambiando nuestro mundo lejos de las evanescentes aureolas del poder y de la exposición mediática.

Estamos ante unas Navidades que tenemos que hacer diferentes, intentando desde la modestia de nuestras acciones cotidianas, con nuestro compromiso colectivo, que no contribuyan a acelerar aún más el deterioro implacable del plantea fruto de un modelo productivo extractivista y despilfarrador de recursos finitos.

Las Navidades, pese a todo, también pueden ser un buen momento para poner en valor otra de las realidades que ha mostrado la pandemia: que mucha gente fue capaz de sustituir a unas administraciones que se han mostrado incapaces de proteger a los más débiles, a la gente que peor lo está pasando. Y han formado redes, y apoyado a sus vecinos y vecinas, y acompañado a personas mayores solas, y recogido alimentos o fondos destinados a quienes ninguna asistencia les llegaba.

Ello nos honra y nos ennoblece como sociedad porque la solidaridad es efectivamente la ternura de los pueblos, el arma definitiva contra el odio y la mezquindad política. La solidaridad, además, llena la cesta de la esperanza de que el año 2021 no se parezca en nada al que está ya finiquitando. Que seamos felices y podamos vivir con dignidad.