Lo necesario

2020, 6 de mayo, publicado en Cuarto Poder

Ahora que hemos tenido la ocasión de aprender a distinguir entre lo que es imprescindible, lo necesario, lo conveniente -con sus matices sutiles o evidentes- y lo que se ha demostrado como superfluo, ornamental o perfectamente prescindible, ahora, digo, podríamos sentar las bases para construir el futuro.

La tentación es siempre volver a lo malo conocido, ya sea porque lo embellecemos o porque simplemente es la forma en la que aprendimos a vivir y a convivir, con el consumo como forma de identificarnos y relacionarnos.

También estamos teniendo la oportunidad de apreciar la utilidad de que lo “necesario” sea público y de que esté bien dotado de recursos, saberes y personas cualificadas, socialmente valoradas y retribuidas.

Estamos descubriendo que la economía de un país es tanto más saludable y eficiente cuando centra sus bases en la producción de los recursos necesarios: la alimentación, la energía, la salud, la educación, los cuidados.

Como pequeños relámpagos de información, podemos darnos cuenta de que tenemos que comprar cosas que necesitamos y que sabríamos y podríamos hacer batas, mascarillas, test, respiradores… Y tenemos que comprarlas porque brillantes y respetados empresarios decidieron que obtendrían más beneficio deslocalizando sus empresas a los países más empobrecidos ¿dónde están las fábricas del gigante textil español Inditex? Y tenemos que comprarlas porque algunos políticos miserables decidieron que la investigación era un gasto, que la ciencia no daba beneficio y la tecnología ya tenía su campo en otros paisajes, que las fábricas ya eran cosa de países atrasados; El viejo concepto unamuniano “que inventen ellos”, pero de andar por casa.

Hoy pagamos duramente la elección que se hizo de dar todo el poder al mercado, como si el mercado no tuviera ideología, como si esa decisión no fuese ideología.

Pero esos especímenes que se llaman inversores lo tienen muy claro y lo dicen a quien quiera escuchar: “No estamos aquí para salvar nada o a nadie, sino para obtener beneficios”. Y entre el poder político y mediático, nos condujeron a la conclusión de que esa era la actitud necesaria para el éxito. Es el mercado…, que diría el delincuente Rato, al que solo le faltó añadir “imbéciles”, en lugar de las comillas.

Y así nos va, agricultores y ganaderos que tienen que malvender sus productos a la mayor gloria y ganancia de los intermediarios y distribuidores, costureras sin fábrica que construyen mascarillas inventando materiales, pequeñas empresas y autónomos que han puesto sus recursos disponibles al servicio de la comunidad, empresas todopoderosas de la energía que obtienen beneficios obscenos mientras se niegan a la expansión de las energías renovables y de autoconsumolicenciados universitarios ejerciendo como camareros, investigadores pordioseando becas por el mundo, inversiones públicas en hospitales privados que han dado la medida de su inutilidad en una crisis sanitaria, residencias de mayores vendidas a fondos buitre que han demostrado el doloroso precio en vidas humanas con el que se pagan sus beneficios, viviendas sociales vendidas a esos mismos fondos que se llevan sus beneficios a otros países mientras dejan sin techo a la gente de aquí, depredadores de dinero público que se llaman a sí mismos inversores, bancos que practican la usura como modelo de gestión de empresa. ¡Qué bien nos hubiera venido en estos momentos disponer de una banca pública para canalizar decentemente las ayudas de emergencia, las ayudas públicas, las inversiones en humanidad!

Todo esto y mucho más no ha pasado por casualidad, todo esto y mucho más ha sido la elección política de cada día, desde que se decidió que el Estado no podía intervenir en el mercado, pero el mercado sí podía intervenir contra el Estado, debilitando lo común y apropiándose de los recursos públicos.

El virus ha arrasado como una tormenta todo el tinglado de la nueva farsa, que no es más que la vieja farsa con nuevos decorados.

Lo privado ha demostrado su desprecio por el interés general, su ineficacia para generar soluciones, su único estado de alerta ha consistido en disparar los precios de lo necesario, engañar y estafar jugando con las necesidades sociales. En el mejor de los casos, ha visto una oportunidad de negocio. En el mucho mejor de los casos ha regalado unos contenedores de productos necesarios que por otra parte compensará con la venta a “precios de mercado”.

Estamos teniendo la posibilidad de distinguir entre lo necesario y lo accesorio, podemos constatar que en los momentos difíciles necesitamos de lo público como única red segura de protección social y se nos abre por delante la posibilidad de elegir en qué manos dejamos nuestra protección.

Salir de la pandemia que ataca a la salud material, física de tantas personas es ahora una prioridad absoluta, pero no olvidemos el día después, no olvidemos que tendremos que construir otro paisaje social y económico de tal manera que no se asienten en él otras pandemias que ya vienen anunciando su podredumbre.

Salir de esta siendo mejores, también es una elección.

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