«Un home ten que facer o que ten que facer»

2018, 26 de agosto. Publicado en La Voz del Sur

Ana Belén Varela Ordóñez recibió tres disparos en la espalda efectuados con un revolver por su marido, Julián Gil, el pasado domingo día 19 en la localidad coruñesa de Cabana de Bergantiños. Ana Belén huía de su marido cuando recibió las tres balas que acabaron con su vida.

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Ana Belén Varela Ordóñez

Se trata de la tercera mujer que pierde la vida por la violencia machista en Galicia y la vigésimo octava mujer asesinada por un hombre en España desde que comenzó el año. Una cifra espantosa que no podemos admitir, que no podemos aceptar como inevitable, que no es tolerable en una sociedad democrática.

¿Por qué sin embargo se reproduce una y otra vez de forma repugnante? Sabemos que la violencia hunde sus raíces en una sociedad todavía profundamente patriarcal, que asigna roles inmanentes a hombres y mujeres; que asigna, perpetúan e imponen y que cuando se cuestionan provocan desgarros, rupturas identitarias e incluso pueden llevarse por delante la vida de una mujer.

Con el cadáver de su mujer todavía en el suelo, el asesino, Julián Gil, respondió a las imprecaciones de su hijo y cuñado: “Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer”. Es una de las frases que más me ha impactado en esta tragedia terrible de la violencia de género.

Porque de tragedia se trata. Se trata del destino inexorable, ineludible, que los griegos que inventaron la tragedia llamaban Ananké y consideraban una fuerza superior no sólo a los hombres sino incluso a los propios dioses. Una fuerza imposible de sortear, que obligaba a los héroes de la tragedia a “hacer lo que tenían que hacer”. De forma inevitable, más allá de la razón o la lógica, por encima de toda norma positiva, costara lo que costara y al margen de las consecuencias que tuviera.

Obligado por ese destino inexorable Julián Gil hizo lo que te tenía que hacer. Y nos vino a transmitir que, pese a la condena social que le perseguirá ya para siempre, pese a los hijos que dejaba sin madre, pese a la ley y la justicia, nade se puede hacer frente a esa Ananké trágica y fatal que forma parte íntima de la identidad del ser hombre.

Es tremendo. Pero no. Julián Gil justifica lo injustificable como un destino trágico y no digo yo que muchos de los canallas asesinos, violadores o maltratadores de mujeres también consideren obligados sus actos por lo que significa ser hombre. Pero no es cierto que el ser hombre lleve inherente la fatalidad de un destino trágico, convirtiéndonos a todos en asesinos y violadores en potencia. Eso sí que sería tremendo porque de alguna forma la violencia y la dominación serían intrínsecos e inevitables.

Y, sin embargo, es cierto que la identidad masculina socialmente conformada sí que es germen de violencia: supone poder que hay que mantener, perpetúa la desigualdad y fomenta sentimientos y conductas de superioridad inadmisibles. No podemos olvidar que los hombres hemos sido formados en la desigualdad, en la que nuestro papel es el de ser fuertes, aguerridos, violentos, dirigentes, autoritarios… quedando la feminidad que es parte intrínseca -ella sí- de todo ser humano anulada.  Y cuando esa feminidad intrínseca se manifiesta, no puede ser sino considerada como debilidad y en todo caso una “desviación” de lo que significa “ser hombre”.

Pero lo cierto es que el feminismo ha puesto en crisis esa masculinidad, lo que está generando una serie de incomodidades en nuestro “ser hombres” al cuestionar de forma frontal los roles de género socialmente construidos.

En la lucha contra la violencia machista es imprescindible que se siga avanzando en legislaciones protectoras, en medios policiales, en protección a las víctimas, en formación y remoción del aparato judicial y en el empoderamiento de las mujeres capaces de forjar un nuevo futuro, no sólo para ellas sino para el conjunto de una nueva sociedad.

Pero, junto a todo ello, hace falta “deconstruir” la masculinidad hegemónica, forjando nuevas masculinidades inclusivas, plurales y feministas. Hay que poner empeño en ello, particularmente por parte de los hombres, para ser capaces de abandonar nuestros roles y compartir proyectos de igualdad. Es la única forma, en fin, de expulsar de nuestras vidas la sombra de Julián Gil y su destino trágico.

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