La guerra del agua

2017, 15 noviembre La Voz del Sur

Se trata de una novela juvenil enmarcada en el subgénero distópico, que tanto impacto está teniendo en los últimos años (recuérdense por ejemplo “Divergente”, “El corredor del laberinto” o “Los juegos del hambre”). Se llama “Las guerras del agua” de Cameron Stracher. A mi modo de ver con personajes un poquitín planos, pero con bastante acción y un fondo impactante: Nos encontramos con un mundo desértico, yermo, sin agua, el bien más preciado en esta sociedad donde nadie puede beber agua potable y mucho menos bañarse o lavar su ropa con ella. Solo los que poseen el agua tienen el poder, y la gente más pobre no tiene mucho que hacer si no tiene dinero para pagar esa agua a precio de oro. Algunas empresas y personas poderosas son las que tienen el monopolio. ¿Nos recuerda esto en algo a nuestro mundo de hoy en día?

No hemos llegado ahí… aún. Pero las jornadas “Derecho Humano al Agua” en las que pudimos este fin de semana participar, de alguna forma exploran esa tendencia y plantean mecanismos y correcciones necesarias para que esa situación que nos parece una distopía futurista no se convierta en inevitable.

Nuestras preocupaciones se han centrado en tres cuestiones. Por un lado, la necesidad de tomar medidas aún más decididas en la configuración normativa internacional sobre el derecho humano al agua, estableciendo un marco en el que ese derecho se vea respetado de forma cabal.

Recuérdese que en 2010 se dieron pasos importantes en la Naciones Unidas. De una parte, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció explícitamente el derecho humano al agua y al saneamiento, reafirmando que un agua potable limpia y el saneamiento son esenciales para la realización de todos los derechos humanos. Y definió que el abastecimiento debe ser suficiente, saludable, aceptable, accesible y asequible. Siguiendo esta resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en septiembre de ese mismo año dio un paso más y resolvió que el derecho al agua y al saneamiento es parte de la actual ley internacional y confirma que este derecho es legalmente vinculante para todos los Estados.

Ciertamente son progresos importantes, históricos si se quiere, aunque insuficientes. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, que todavía se permite la privatización de la comercialización del agua, y por tanto que un bien básico consagrado como derecho humano de todas las personas, siga estando sujeto al beneficio de unos cuantos. Es precisamente lo que reclama la Declaración de Cádiz, una gestión pública, transparente, participativa y sostenible del ciclo integral del agua, sacándola así del lucro y la rapiña que conlleva la gestión privada.

El segundo tema que nos preocupa es lo lejos que está de que el derecho humano al agua se vea cabalmente respetado. Nos aterroriza saber de niñas que se prostituyen en algunos lugares de Centroamérica para conseguir una botella de agua; o que 2.600 millones de personas en el mundo carecen de acceso a un saneamiento básico; o que, en algunos países de África la distancia media que tienen que recorrer las mujeres para recoger agua es de 6 kilómetros; o que mientras en los países de Europa cada persona puede gastar entre 200 y 300 litros de agua en Mozambique, por ejemplo, son menos de 10 litros. Es lógico consumir menos agua cuando hay que caminar durante horas para conseguirla. Es lo que les sucede a los 884 millones de personas en el mundo que viven a más de 1 kilómetro de una fuente de agua, para las que el uso es normalmente inferior a 5 litros al día de un agua normalmente insalubre

Queda mucho por avanzar para que ese derecho humano reconocido (y obligatorio) llegue a millones de personas vulnerables de este planeta tal como lo define la ONU: suficiente, saludable, aceptable, accesible y asequible

Y, volvemos donde comenzamos. Nos preocupan las guerras del agua. Si hasta hace poco se consideraba que era la lucha por el control del petróleo la que podría desencadenar una tercera guerra mundial, muchos expertos consideran que el verdadero problema se encuentra ahora en el control del agua.

La ONU ha realizado un estudio sobre la situación del agua en el mundo y su proyección futura y ha llegado a la conclusión de que existen aproximadamente 300 zonas en el mundo en las que se presagia un conflicto a causa del agua en 2025

Conflictos que pueden originarse precisamente por la lucha por su control y posesión, ya que existen 200 ríos y 300 lagos en el mundo que forman parte de fronteras internacionales en zonas por lo demás especialmente conflictivas y nada menos que tres cuartas partes de los países del planeta comparten cuencas de lagos o ríos con sus vecinos. Todo ello en un contexto de crecientes estragos por el cambio climático, de depredación sin cuento por parte de empresas privadas, de incapacidad o corrupción política a gran escala…

Hay también conflictos en los que de forma absolutamente inmoral se usa el agua como arma de guerra, para atacar y destruir, bombardeando fuentes, destruyendo infraestructuras y desaladoras o cortando el suministro a la población…

Algunos de estos conflictos siguen vivos y evolucionan preocupantemente. Habría que traer aquí el conflicto sin resolver por el control del agua del Nilo entre Egipto, Sudán y Etiopía. La eterna disputa, incluso armada, entre Turquía, Irak y Siria por el control de las aguas de los ríos de la media luna, el Tigris y el Éufrates. La disputa a veces muy virulenta entre Zimbawe y Mozambique por la cuenca del río Zambeze. El antiquísimo conflicto, que se remonta a 1908, entre Bolivia y Chile por las aguas del fronterizo Silala.

De dos terribles conflictos desgraciadamente más conocidos, la guerra civil en Siria y la agresión de Israel contra el pueblo palestino, quizás se sepa menos que el agua está siendo utilizada como arma de guerra. En este último los palestinos tiene que tener una licencia del ejercito israelí para desarrollar cualquier actividad o infraestructura hídrica que normalmente es denegada, ya que Israel considera que toda la cuenca del Jordán es de su absoluta y única propiedad. Israel ha empezado a utilizar el agua para dañar al pueblo palestino, como la destrucción de tuberías de suministro de agua potable a determinados poblados palestinos.

En la guerra civil Siria las partes implicadas están usando el acceso al agua potable como estrategia para conseguir objetivos políticos y militares. Así se ha venido bombardeando inmoralmente fuentes de agua (el bombardeo gubernamental a propósito del manantial del rio Barada) o destruyendo infraestructuras (como la planta de tratamiento de agua de Al Khafseh o la estación de bombeo de Al Nayrab, ambas en Alepo). La ONU ha manifestado que los sabotajes a los suministros de agua habría que considerarlos crímenes de guerra.

Así que sí, quizás todavía no hemos llegado a ese futuro distópico que nos muestra “Las guerras del agua” de Stracher. Pero sin duda el camino hacia el mismo se ha iniciado y parece que debería ser obligación de todos y todas el comprometerse a pararlo. Desde lo pequeño y cotidiano que cada cual debemos cuidar, hasta las grandes exigencias que como ciudadanía estamos obligados a reivindicar.

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