Parlem. Hablemos

Nota previa. Este artículo fue escrito el 11 de octubre. En 10 días las cosas han evolucionado en el peor sentido posible, con la activación del artículo 155, que adelanto no comparto para nada. Y todavía pueden ir a peor en su aplicación concreta. Pese a todo, impenitente optimismo, aún habría tiempo para encontrar una salida pactada que evite profundizar el desastre democrático que se avecina.

Porque reitero lo que he escrito en otros sitios. Esto no va de Catalunya tan solo. Las reacciones del 1 de octubre y la aplicación del 155, apuntan a un contexto general de recortes de derechos y libertades. ¡Ojalá sea simplemente una opinión agorera sin fundamento!

2017, 20 de octubre. Publicado en Viva Conil

La situación crítica a que se ha llegado en la cuestión catalana exige diálogo, hablar y negociar. En mi opinión el punto de partida debería ser necesariamente que el pueblo catalán se exprese en un referéndum pactado y con todas las garantías democráticas. Hoy la sociedad catalana es una sociedad fracturada que ha llegado a un punto en que resulta imprescindible una consulta para saber qué es lo que piensa mayoritariamente.

Es verdad que un referéndum de esas características no tiene fácil encaje en la Constitución Española. Pero es una cuestión que en política se puede resolver buscando los entresijos legales precisos. Y siempre es posible modificar la Constitución si hay voluntad para ello. Si hay diálogo, si se habla, se pueden discutir las condiciones de ese hipotético referéndum, las garantías democráticas, su carácter vinculante o no, el tipo de pregunta, etc. Si hay diálogo, si hablamos.

Porque hasta aquí se ha llegado en primer lugar porque en España gobierna un partido que ha pretendido tapar su corrupción estructural con la cuestión catalana, que ha actuado por mezquinos interese electorales creyendo saber que en el resto de España su actitud intransigente le proporcionará un aluvión de votos. Un partido y un presidente del Gobierno que han sido los que ha alimentado el independentismo con sus campañas y el enfrentamiento como política sin ofrecer la más mínima salida.

Fueron los del boicot a los productos catalanes, los de las firmas contra el estatuto, los del recurso al Constitucional que controlan, los de encerrarse sin ofrecer salida ni establecer diálogo alguno. Un Gobierno que ha lanzado a la policía y la guardia civil a atacar con saña a pacíficos ciudadanos que -equivocados o no- lo único que querían era votar.

Este partido y este presidente del gobierno han sido la maquina perfecta para crear independentistas en Catalunya. Han fracturado a la sociedad española. Han alimentado y se han subido a la ola de un rancio nacionalismo español que ciertamente es preocupante y que da miedo en sus exigencias de uso de la violencia y la intolerancia más extrema. Tanto que se ha mezclado con los sectores de la ultraderecha franquista que crece y se envalentona.

Pero en segundo lugar también se ha llegado hasta aquí, porque se ha puesto en marcha un “procés” independentista por un gobierno -la Generalitat- que ha pretendido como que representaba a la sociedad catalana en su conjunto cuando es obvio que no es así, sin mayorías electorales suficientes, intentando imponer la independencia vulnerando todos los procedimientos parlamentarios mínimamente democráticos. La responsabilidad de los dirigentes del “procés” en la creación de la enorme fractura de la sociedad catalana es abrumadora.

Hay otra realidad. La de miles y miles de personas que el sábado (7 octubre) salimos vestidos de blanco en toda España, también en Catalunya, exigiendo diálogo y negociación para encontrar una salida democrática a esta situación.  Clamando contra políticos cegados por estrechos intereses inmediatistas, incapaces de dar un paso al lado o de ponerse al frente para encontrar soluciones.

Desde los derechos humanos no podemos envolvernos en banderas o banderías, en naciones o nacionalidades; porque los derechos humanos son de todos y todas, “sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

El martes tuvimos un respiro. No hubo declaración de independencia. Es una puerta -pequeña si se quiere, pero puerta al fin y al cabo- para el diálogo y la negociación. Que hay que aprovechar en tromba si no queremos llegar a la tragedia colectiva, de los catalanes y del conjunto de españoles.

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