El legado del 15 M

2016, 14 de mayo. Viva Conil.
Los mayores del lugar, aquellos que convocábamos manifestaciones y movilizaciones con cierta regularidad siempre para exigir derechos perdidos o por conquistar, salimos a la calle aquel 15 de mayo de 2011 con cierta displicencia… pero bueno ¿quiénes son estos que convocan una manifestación ¡un domingo por la tarde!?
Pero enseguida comprendimos que quien convocaba era la indignación ante una sociedad que no nos contemplaba. Era el grito acumulado en la garganta. Aquel 15 de mayo se llenaron las calles.
Y luego se desencadenó todo. La acampada de Sol y su extensión al resto de España. En Cádiz, en el Palillero. Era el 15M. Entre el desconcierto general y la incapacidad para interpretar lo que estaba pasando.
Muchos recordamos entonces aquella hermosa experiencia de las movilizaciones del 0’7 en la que miles de personas acampamos en 1994 en toda España exigiendo una cooperación y unas relaciones justas con los pueblos empobrecidos. Pero no era lo mismo. Ni por contenidos ni por amplitud
Un antes y un después. Eso es lo que significó el 15M. Es verdad que el movimiento como tal, en cuanto sujeto organizado y actuante, ya no existe; por más que alguna gente y pequeños grupos sigan reivindicándose, no tanto del espíritu y las propuestas -que eso hoy es general-, sino de la propia continuidad del movimiento organizado. Pero su legado está marcando el devenir y la esperanza en este país.
El 15M llegó y originó un verdadero vendaval de conciencias, en los movimientos sociales, en la política hasta entonces patrimonio de los de siempre, de los de la casta como en expresión afortunada se les bautizó. Nos alertó de que no nos limitáramos a las proclamas basadas en nuestros deseos de cambio, sino que teníamos que empezar a cuestionar realmente este sistema, político y económico, al servicio de los poderosos. Que si se puede.
No nos representan, no hay pan para tanto chorizo, democracia real ya, no somos mercancías en manos de políticos y banqueros… Sin el 15M es difícil entender el surgimiento de Podemos, la llegada a la alcaldía de Colau, Carmena o Kichi, el acuerdo de coalición UNIDOS PODEMOS, la posibilidad creíble de un resultado electoral que sea capaz de poner en cuestión la indecente austeridad y poner en marcha políticas al servicio de las personas…
El 15M nos emplazó a un funcionamiento democrático y participativo, que debía alcanzar y superar las instituciones. Nos cuestionó el sistema electoral y la utilidad del Senado tan renombrado estos días en su obsolescencia. Nos demandó la transparencia y denunció la corrupción generalizada casi intrínseca al sistema en que partidos enteros son bandas de saqueo del estado y del bienestar de la mayoría. Nos encomendó la tarea de luchar contras los recortes de los derechos que son fundamentales como la educación o la sanidad.
Un trascendente y hermoso legado que ya forma parte de quienes -desde los derechos humanos- nos enfrentamos a este sistema social y económico al servicio de los poderosos y en contra de las personas
Los retos no son pocos. Porque el 15M, afortunadamente, no tiene herederos. Precisamente porque fue un movimiento de radicalidad profunda sin padrinos.
Algunos de esos retos son evidentes. A mí me preocupa especialmente el trasvase de activistas a las instituciones (cosa que era imprescindible e inevitable por otra parte) y su correlato de empobrecimiento de la movilización social (a lo que ha contribuido también dígase de paso la Ley Mordaza). De ahí que la articulación entre los movimientos sociales de transformación social (unos más fronterizos al 15M y otros de trayectoria más lejana) y las nuevas instituciones sea una asignatura pendiente en buena parte porque estamos aprendiendo y las preguntas tienen todavía -quizás afortunadamente- más enjundia que las respuestas.
En todo caso, el 15M, como se ha repetido en este escrito, marcó un punto de inflexión. Cinco años después sigue emplazándonos en la lucha por los derechos y la dignidad de las personas y la trasformación social.

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