Gaza, venganza bíblica

2009, 10 de enero. DIARIO DE CÁDIZ.
Hay algo en la masacre de Gaza por Israel que se acumula al terror físico de la matanza atroz de seres humanos, calles arrasadas, edificios demolidos, vidas destruidas y futuro enterrado bajo los escombros, incluso al terror físico de la matanza atroz de seres humanos. Y es que a todos, en el mismo escenario, nos recuerda multiplicada la devastación del Dios bíblico cruel y vengativo.
La conciencia de Israel se mueve en la esquizofrenia de actuar como Goliat y pretender que, contra toda evidencia de los hechos, -su comprobada impunidad, su arrogancia, su desmedido potencial armamentístico y su infame disposición a usarlo y hacer del terrorismo de estado un alarde- la comunidad internacional les siga considerando como un David indefenso.
Israel está actuando de forma monstruosa, lleva tiempo haciéndolo sobre el sufrimiento y la desesperación del pueblo palestino; la ocupación de territorios, la construcción de infames ratoneras humanas, separadas entre sí y del mundo por muros de hormigón, en las que se consumen y hacinan seres humanos, el control militar sobre todo tipo de suministros con la finalidad de reducir por hambre y miseria a los habitantes palestinos y, finalmente, una vez cercados, debilitados y humillados, entrar masacrando a sangre y fuego.
Nos avergüenza saber, ni siquiera podemos permitirnos la disculpa de ignorar, que esta amarga situación no se ha producido en un minuto, ni en una operación sorpresa que nos desconcierta y sorprende, sino que es el resultado de una escalada sistemática, calculada y anunciada por el gobierno de Israel, y permitida con el silencio de nuestro democrático occidente que sigue considerando a Israel como su socio preferente en la zona sin exigirle el debido respeto a los derechos humanos.
Ya es difícil sostener que esta masacre es una interpretación de Israel de su concepto de fronteras seguras. No tenemos derecho a aceptar semejante versión de los hechos cuando todo parece apuntar a intereses más mezquinos: el miserable afán de los partidos de Israel de cosechar votos a cuenta de la muerte en los territorios palestinos; o tal vez, situarse en mejores condiciones ante un posible cambio de orientación, por minúscula que pueda ser, de sus mentores de Washington en la nueva etapa de Obama.
Pero, en cualquier caso, ninguna interpretación de la seguridad propia, ningún lanzamiento de cohetes por parte de Hamás, por reprobable e insensato que nos parezca, puede justificar, desde la mínima decencia humanitaria, que se encierre a toda una población, se la prive de agua, de alimentos, de gasolina, de medicinas, se impida el acceso de la ayuda humanitaria y de la prensa… y luego se la machaque y se asesinen a hombres, mujeres y niños, muchos niños, inocentes.
No habrá más democracia en la franja de Gaza después de haber sido arrasada, habrá simplemente menos vida. No habrá más diálogo, habrá más desconfianza. No habrá más libertad ni siquiera más seguridad en oriente medio, ni para Israel, ni en Palestina; sino que, por el contrario, se habrán sembrado más semillas de odio en la memoria de los humillados.
Pero, ¿Y la conciencia de occidente? ¿Y esa convicción de Europa como espacio generador de libertad y democracia de la que nos sentimos tan orgullosos? Tal parece como si la cuestión se sintetizara en el mensaje simple de los mapas medievales; esto es Europa y más allá de nuestros confines no sólo puede haber monstruos sino que además pueden ser tolerados.
Hay algo terrible en el silencio, el titubeo y la tibieza de la comunidad internacional ante la crueldad anunciada como “plomo endurecido”, como si el gobierno de Israel ya supiera que no se estaba refiriendo solamente a la dureza de sus armas, sino a la conciencia, tanto a la suya propia como a la del resto de países.
Tener la conciencia de “plomo endurecido” es que nuestros gobiernos, aquellos que nos representan, no utilicen todos los medios a su alcance para detener a Israel. Nunca lo hicieron, es verdad. Pero resulta ignominioso que ni siquiera ahora lo intenten. Ni una modesta nota de protesta por la violación de la legalidad internacional; ni ese gesto diplomático utilizado tantas veces en tantos otros escenarios como llamar a consultas a nuestro embajador. La doble vara con que la Unión Europea mides sus acciones ha resultado atronadora por comparación: enérgica protesta y movilización de todas las cancillerías por el conflicto del gas ruso; ni un mínimo cuestionamiento en cambio de las relaciones de socio preferencial con Israel. Parece evidente que el peligro del frío es mucho más terrible que morir bajo el fuego cruzado o las bombas en Gaza.
Los países que se consideran democráticos, los que incorporamos la referencia de los derechos humanos a nuestras legislaciones tenemos la obligación de demostrarlo también en nuestras prácticas y en nuestras relaciones internacionales. Si no reaccionamos movilizándonos como pueblo, si nuestros gobiernos no se movilizan y actúan para hacer valer los derechos humanos y las convenciones internacionales, si no paramos esta barbarie, si Israel sigue actuando impunemente, entonces no solo seguirán perdiéndose vidas en el presente y posibilidades de paz para ese castigado trozo de nuestro mundo, sino que será nuestra democracia la que habrá retrocedido y todos, de alguna manera, nos habremos convertido en cómplices.
Frente a los muros de la vergüenza que Israel ha levantado para humillar y aplastar, frente a la masacre y el terror, aún podemos levantar una franja de solidaridad que salve vidas y aliente la esperanza de una tierra palestina en paz. En Cádiz lo hemos hecho en muchas ocasiones y sería imperdonable que no lo hiciéramos ahora.

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