El 24 de febrero se cumplen cuatro años de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Cuatro años de guerra, sufrimiento, muertes y desplazamientos forzados. Cuatro años que, para quienes los viven, se han convertido en una auténtica eternidad.
La invasión rusa ha dejado huellas profundas a nivel humano y ha provocado transformaciones geopolíticas de enorme calado. La actual administración de Donald Trump está llevando estas tensiones al límite con una política deliberadamente desestabilizadora que complica aún más cualquier intento serio de avanzar hacia la resolución de esta maldita guerra.
Millones de víctimas
Aunque las cifras oficiales suelen ser poco fiables —ambos bandos minimizan sus propias pérdidas y maximizan las del contrario—, las estimaciones de organismos internacionales sitúan que, a principios de 2026, la guerra en Ucrania ha superado ampliamente el millón de bajas combinadas, incluyendo tanto las rusas como las ucranianas. Además, la Misión de Observación de Derechos Humanos de la ONU informó que 2025 fue el año más mortífero para la población civil desde 2022, con 2.514 muertos y 12.142 heridos solo en ese año.
El trauma de la supervivencia
Las guerras, todas las guerras, las padecen, las sufren y las pagan los pueblos. Las principales víctimas del despropósito bélico son siempre las personas inocentes. En Ucrania, el sufrimiento es directo, cotidiano y visible en cada rincón del país.
A las víctimas directas se suma una crisis de salud mental que afecta a millones de personas. Una generación entera de niños ha crecido bajo el sonido de las sirenas antiaéreas y en refugios subterráneos, lo que ha provocado tasas masivas de trastorno de estrés postraumático (TEP).
Las familias han sido fragmentadas. La prohibición de salida para los hombres y la emigración de millones de mujeres y niños ha creado hogares divididos durante años. Muchos menores no han visto a sus padres en todo este tiempo, o solo a través de pantallas.
Los ataques sistemáticos contra la red eléctrica han convertido los inviernos en una lucha por el calor y el agua. En las zonas ocupadas o cercanas al frente, el acceso a medicinas básicas para enfermedades crónicas —diabetes, hipertensión— es casi inexistente, generando una “mortalidad silenciosa” que no aparece en los partes de guerra.
El drama de las personas desplazadas añade un impacto devastador. Más de seis millones de personas han tenido que abandonar el país y otras cuatro millones son desplazadas dentro de la propia Ucrania. Son fracturas de sufrimiento humano que se profundizan con el tiempo y que no tienen perspectivas de resolverse mientras la guerra continúe.
Ucrania resiliente
A pesar del trauma colectivo y de la devastación material, Ucrania ha demostrado una capacidad de resiliencia que pocos países podrían sostener bajo una agresión de esta magnitud. Lejos de derrumbarse, el Estado ha logrado mantener un cierto nivel de funcionamiento de servicios esenciales —escuelas, hospitales, transporte, administración pública— incluso en zonas sometidas a bombardeos constantes.
La sociedad civil ha desempeñado un papel decisivo: redes de voluntariado que abastecen a las tropas, colectivos que reconstruyen viviendas, sindicatos que continúan organizando a los trabajadores y comunidades locales que sostienen la vida cotidiana en condiciones extremas. La innovación tecnológica y organizativa también ha sido notable, desde la adaptación de infraestructuras críticas hasta la creación de sistemas de alerta temprana y plataformas de coordinación ciudadana. Esta capacidad de resistencia no es solo militar; es social, cultural y política, y ha permitido que el país mantenga su cohesión interna frente a una agresión destinada precisamente a destruirla.
Dentro de esta resiliencia destaca un elemento que en Europa apenas se conoce: la existencia de una izquierda ucraniana activa, plural y profundamente comprometida con la defensa del país. Colectivos como Sotsialnyi Rukh, organizaciones feministas como Feminist Workshop o Bilkis, y sindicatos independientes han articulado posiciones que combinan la defensa de la soberanía ucraniana con la crítica a las desigualdades internas y a las políticas neoliberales. Muchos de ellas son reprimidos por las autoridades. Pero su existencia desmonta la caricatura de una Ucrania homogénea o dominada por la extrema derecha, y muestra un país donde también hay voces progresistas que reclaman justicia social, derechos laborales, igualdad de género y una reconstrucción democrática.
Estas organizaciones han defendido que la autodeterminación ucraniana no es incompatible con una agenda social avanzada, y que la resistencia frente a la invasión rusa no debe confundirse con la adhesión acrítica a las élites políticas del país. Su presencia aporta una perspectiva imprescindible para comprender la complejidad del tejido social ucraniano y para imaginar un futuro que no esté definido únicamente por la lógica militar.
No olvidemos al pueblo ruso
Pero la devastación no se limita a Ucrania. También en Rusia la guerra ha abierto heridas profundas, aunque muchas permanezcan ocultas bajo la censura y el miedo. El régimen de Putin también está provocando un gran desgarro -siempre olvidado-en el pueblo ruso. Existe un “luto oculto”. Debido a la censura y la falta de datos oficiales, miles de familias rusas viven en un estado de incertidumbre sobre el paradero de sus hijos y esposos. El fenómeno de los «desaparecidos en combate» impide que las familias cierren el duelo, generando una angustia social latente.
Desde 2024, el sistema educativo ruso ha integrado la formación militar obligatoria y una retórica de «fortaleza sitiada». Esto ha creado una brecha generacional entre los jóvenes que buscan un futuro global y un Estado que los prepara para el sacrificio bélico.
Aunque la economía resiste, el acceso a tecnologías médicas avanzadas y fármacos occidentales de última generación (especialmente para el cáncer o enfermedades raras) se ha deteriorado gravemente, afectando a la población más vulnerable.
Se extiende ampliamente la represión. El miedo y la erosión total de las libertades civiles ha sumido a gran parte de la población en una «apatía de supervivencia», donde el silencio es la única forma de evitar la cárcel, fragmentando la confianza entre vecinos y familiares.
No olvidemos tampoco la tragedia de los soldados: la guerra se ha convertido en una “picadora de carne”. El uso masivo de minas y drones ha dejado a cientos de miles de jóvenes con amputaciones. En Ucrania, el número de personas que necesitan prótesis ha desbordado todos los sistemas de salud mundiales. Algo similar sucede en el lado ruso. La constante vigilancia de los drones hace que los soldados vivan en un estado de pánico permanente, sabiendo que pueden ser observados y atacados en cualquier momento sin ver al enemigo, lo que destruye la psique humana mucho más rápido que el combate tradicional.
En resumen, la guerra de Ucrania no es solo un mapa con flechas de avance militar; es una herida abierta que ha normalizado el dolor, la separación y el miedo como la base de la vida diaria para millones de seres humanos.
La invasión de Ucrania fue uno de los primeros pasos en la actual ruptura del orden internacional
La invasión rusa de 2022 rompió el principio fundamental de la prohibición del uso de la fuerza —recogido en el Artículo 2 de la Carta de la ONU— para alterar fronteras soberanas. Con ello se inauguró una etapa marcada por el “derecho de la jungla”, la ley del más fuerte. Rusia ha sentado el precedente de que un Estado con armas nucleares puede violar la soberanía de otro sin que el sistema multilateral sea capaz de impedirlo de manera efectiva.
Los argumentos de Putin para justificar la invasión carecen de fundamento. Ni Ucrania era parte de Rusia, ni está dominada por el nazismo, ni el Maidán fue una simple operación de Estados Unidos, ni la ampliación de la OTAN justifica la ruptura del derecho internacional y el inicio de una guerra interminable que ha provocado centenares de miles de víctimas y un sufrimiento inmenso.
El mundo no puede regirse por la ley del más fuerte como si se tratara del Far West. Y, sin embargo, la ruptura iniciada por Putin está siendo conducida al límite por otros actores neofascistas. Netanyahu ha llevado a cabo una terrible devastación continuada del pueblo palestino, desafiando abiertamente el derecho internacional humanitario. Y Estados Unidos, bajo la administración Trump, ha impulsado una política exterior que combina imprevisibilidad y cálculo, acelerando la erosión del orden internacional. No se trata solo de aranceles agresivos o de una guerra comercial permanente, sino de una estrategia abiertamente neocolonial en escenarios como Venezuela, donde Washington ha intervenido militarmente para imponer sus intereses. A ello se suman las amenazas reiteradas contra Cuba e Irán, e incluso episodios tan insólitos como la pretensión de anexionar Groenlandia, que revelan una concepción del mundo basada en la fuerza militar y económica. Esta lógica unilateral, ajena a cualquier marco multilateral, no hace sino profundizar el desorden internacional que —en parte— abrió Putin en 2022.
Rusia ha actuado recurrentemente como potencia imperialista
Frente a quienes solo reconocen un único imperialismo en el mundo —el practicado por Estados Unidos—, conviene recordar que, a su escala y con sus propios métodos, la historia de la Federación Rusa está marcada por actuaciones claramente imperialistas.
No hace falta remontarse a la época soviética, con las intervenciones en Hungría, Checoslovaquia o Afganistán. En 1992, poco después de la disolución de la URSS, el ejército ruso intervino en Transnistria. Luego, en 1994 y 1999, actuó ferozmente en Chechenia, dejando miles de muertos. En 2008 invadió Georgia y, entre 2014 y 2021, intervino en Ucrania con la anexión de Crimea y el apoyo militar a los separatistas del Donbás. Desde 2015 también intervino militarmente en Siria para sostener al régimen de Bashar al-Asad.
Aunque no fueron invasiones de conquista, Rusia envió tropas —a través de la OTSC— para sofocar protestas en Kazajistán en 2022 y brindó apoyo militar decisivo a Lukashenko en Bielorrusia en 2020.
La invasión de Ucrania en 2022 da continuidad y cuerpo a esta trayectoria imperialista: Rusia pretende mantener el control sobre lo que considera su “área de influencia” —las antiguas repúblicas soviéticas— y proyectar poder a escala global.
Una guerra tecnológica cada vez más inhumana
Todas las guerras son crueles y provocan enormes sufrimientos en la población. Pero la guerra en Ucrania se ha consolidado como el mayor laboratorio tecnológico militar de la historia moderna. Lo que en 2022 comenzó como una guerra de artillería convencional ha evolucionado hacia un conflicto definido por la inteligencia artificial (IA) y la autonomía robótica.
Ya no se trata solo de quién tiene más cañones, sino de quién procesa los datos más rápido y con mayor precisión. Se ha creado una especie de “Google Maps de combate” que reduce el tiempo de detección de un objetivo de minutos a segundos. El uso masivo de drones FPV con sistemas de IA interna permite ataques autónomos una vez fijado el objetivo, y estos aparatos son extremadamente difíciles de detectar. A ello se suma la utilización de drones kamikaze marítimos, capaces de operar a cientos de millas de sus bases, sumergiéndose parcialmente para evitar el radar y empleando enlaces satelitales para atacar puertos e infraestructuras críticas.
Estos avances tecnológicos han generado una paradoja. La letalidad es extrema: cualquier cosa que se mueve en el frente puede ser detectada y destruida en cuestión de minutos. Pero precisamente por esa letalidad, la guerra se ha vuelto “estática”. Ninguno de los dos bandos puede lanzar grandes ofensivas mecanizadas —tanques, vehículos blindados— porque se han convertido en blancos fáciles para drones que cuestan apenas 500 dólares. El futuro de la guerra distópica se está ensayando en Ucrania, para horror de los pueblos.
Transformación estructural de la economía global
La economía global, y las economías de los bandos implicados, han sufrido una transformación estructural profunda debido a la prolongación del conflicto en Ucrania. Lo que comenzó como una crisis de suministros se ha consolidado como un nuevo orden económico fragmentado.
El país agresor, Rusia, enfrenta una economía estancada en el medio plazo, pero sin un colapso inminente pese a las sanciones. Esta resistencia se sostiene en la militarización del PIB y en la creciente dependencia de China e India, aunque por ahora las repercusiones sociales no han sido tan severas como cabría esperar.
La economía ucraniana funciona hoy bajo un modelo de supervivencia, dependiente casi por completo de la ayuda externa, especialmente de la Unión Europea. Sin ese apoyo, el Estado no podría pagar salarios públicos ni pensiones. Si a ello sumamos los millones de personas desplazadas y la enorme destrucción de infraestructuras, la situación es desesperada, y el coste humano lo paga con creces el pueblo ucraniano.
Por su parte, la Unión Europea ha experimentado el cambio más drástico desde la creación del mercado común. La desconexión del gas ruso ha obligado a buscar nuevos proveedores a precios estructuralmente más altos, lo que ha acelerado una inversión histórica en energías renovables. Sin embargo, el aumento del gasto en rearme ha sido aún más notable, y esa reorientación presupuestaria inevitablemente repercutirá en la reducción del gasto social y de las políticas de protección.
A nivel global, los impactos económicos de la guerra tampoco han pasado desapercibidos. Entre ellos destacan la subida del precio de los alimentos y la interrupción del mercado de fertilizantes, que ha encarecido la producción agrícola en el hemisferio sur y ha aumentado la inseguridad alimentaria en África y en partes de América Latina.
La guerra ha acelerado además una reconfiguración profunda del mapa energético mundial. Rusia ha desviado sus exportaciones de petróleo y gas hacia Asia con fuertes descuentos, reforzando su dependencia económica de China. Al mismo tiempo, la volatilidad de los precios ha impulsado una carrera global por el control de minerales críticos —litio, níquel, cobalto— indispensables para la transición energética, intensificando tensiones geopolíticas en América Latina, África y el Sudeste Asiático. La guerra de Ucrania no solo ha alterado rutas comerciales: ha precipitado una transición energética desigual, marcada por nuevas asimetrías de poder y por una mayor vulnerabilidad en los países del Sur global.
¿Es posible la paz? ¿Y a qué precio?
En este escenario global marcado por la fragmentación económica y la inestabilidad creciente, las perspectivas de una salida negociada al conflicto se vuelven aún más complejas. Durante 2025, con el impulso de la administración estadounidense, se han producido movimientos relevantes en torno a un posible proceso de paz. Washington ha presentado un plan de 28 puntos y tiene prisa por formalizar un acuerdo que permita reducir su implicación directa en Ucrania y abandonar progresivamente sus responsabilidades en Europa.
Las negociaciones giran ahora en torno a las diferencias entre las posiciones de Ucrania y sus aliados europeos y las de Estados Unidos, que mantiene conversaciones fluidas con Rusia. Las propuestas más recientes incluyen elementos simbólicos, pero dejan sin resolver cuestiones esenciales: el control de la planta nuclear de Zaporizhzhia, las concesiones territoriales (que supondrían casi el 25% del territorio ucraniano) y la posible creación de un cuerpo de interposición europeo.
El proceso continúa bloqueado, aunque en estos días se esté negociando a tres bandas en Omán. A Rusia no le interesa un alto el fuego inmediato, sino un estancamiento que le permita avanzar lentamente y desgastar cada vez más a Ucrania. Confía además en que Estados Unidos presione lo suficiente a Kiev para aceptar un acuerdo en términos favorables a Moscú. Tras varios contactos telefónicos, tanto Moscú como Washington han concluido que un alto el fuego inmediato no es viable, y las conversaciones de Omán tienen un incierto resultado.
Mientras tanto, Rusia continúa recurriendo a medios militares. Los ataques de enero contra la infraestructura energética provocaron apagones totales en Dnipropetrovsk y Zaporizhzhia, dejando a casi 800.000 personas sin electricidad en pleno invierno. Más tarde, más de 500.000 habitantes de Kiev quedaron también sin suministro.
En estas condiciones, la paz no parece cercana. La población ucraniana —y la rusa— seguirá sufriendo, y la Unión Europea continúa mostrando dificultades para definir estrategias propias y coherentes, tanto en el ámbito ucraniano como en otros, salvo en el endurecimiento de sus políticas migratorias.
Este bloqueo internacional también se refleja en los debates internos de la izquierda. Cuando el agresor no es Estados Unidos, las posiciones se vuelven más difusas. Hay sectores que, pese a la abundancia de información disponible, continúan apoyando a Rusia, a la que atribuyen un papel de contrapeso frente a Washington, en una lectura anclada en una Guerra Fría que ya no existe. Para ellos, las libertades, la represión interna o las víctimas civiles parecen quedar relegadas, y no perciben contradicción en la convergencia práctica que se está produciendo entre Moscú y Washington.
A estas posiciones se suman a veces sectores pacifistas que, desde una visión abstracta de la paz, reclaman que Ucrania renuncie a su propia soberanía y acepte las condiciones impuestas desde fuera. La paz a cualquier precio… pero un precio que solo pagaría Ucrania. Rara vez se exige nada a Rusia.
Sin embargo, pocas veces se analiza qué implicaría realmente ese precio. ¿Conduciría a una Ucrania más segura, libre y estable? ¿A una Europa menos vulnerable? ¿O abriría la puerta a nuevos conflictos y a una inseguridad aún mayor? Todo apunta a lo segundo.
¿Tiene el pueblo ucraniano derecho a defenderse? Resulta difícil negarlo, aunque el invasor no sea Estados Unidos sino Rusia. Aquí se cruzan el impulso pacifista y la razón jurídica: rechazamos la guerra, pero también reconocemos el derecho a resistir una agresión o una tiranía. Y si ese derecho existe, surge inevitablemente la pregunta sobre cómo apoyar a quienes están siendo atacados.
Es precisamente lo que plantea la izquierda ucraniana, a menudo ignorada porque sus posiciones no encajan en los marcos previos de parte de la izquierda europea. Y lo que dicen es claro: frente al autoritarismo y la violencia, frente al fascismo, frente a la agresión descarnada, no sirven sólo las flores o los brazos abiertos. La cuestión es si estamos dispuestos a escucharles y a te4ner en cuenta las implicaciones de lo que nos están diciendo.
Porque, más allá de nuestras contradicciones, lo que está en juego no es solo el futuro de Ucrania, sino el tipo de mundo que aceptamos construir: uno regido por la ley del más fuerte o uno que todavía aspire a la paz, la justicia y a la libertad.