Celebramos estos círculos del silencio como una forma modesta de intentar dar voz a la gente que nadie escucha. Porque nada tienen excepto la dignidad que incluso hay quienes quieren arrebatársela, para dejarles sin condición humana. Y porque todo es ruido, en la alta política y en la baja, en las redes sociales y no pocas veces en la vida cotidiana.
Con nuestro silencio también queremos modestamente alejar y atajar ese ruido tóxico. Es un ruido enfermizo que llega cargado de mentiras y de bulos. Es un ruido sobre el que cabalga el desprecio y la exclusión de la gente diferente sea por su color, su etnia, su sexo o sus opciones sexuales.
Queremos apagar con nuestro silencio el ruido ensordecedor del discurso de odio, amplificado por las redes sociales, difundido por medios de comunicación cada vez más reaccionarios y propagado por dirigentes políticos para los que todo vale para hundir al enemigo y encaramarse ellos al poder como sea; da igual como sea, en eso no hay ética ni moralidad.
Ese discurso del odio va dirigido al que piensa o es diferente, al adversario político, hacia las personas migrantes, hacia los niños que viajan solos, hacia las mujeres en general o hacia quienes tienen opciones propias de sentir y vivir la vida. Esas personas lo padecen directamente y genera enromes sufrimientos.
Pero esa derecha extrema o esa extrema derecha, con su ruido tóxico, con sus mentiras y bulos, con su absoluta falta de ética, también va contra todos y todas nosotras, porque cuestiona la democracia y avanza a pasos gigantescos hacia sistema autoritarios y autocráticos. Son la antesala de un neofascismo del que creíamos que nos habíamos curado de espanto.
Los Milei, Trump, Orban, Meloni o Putin, son la expresión de un cáncer maligno que corroe y corrompe nuestras sociedades. Por eso la indiferencia también puede ser tóxica al no reaccionar cuando nos dicen que en Cádiz han muerto 5 personas en la calle este año, o que en 2023 murieron 2.789 personas intentando llegar a nuestro país para buscar un futuro digno, o ante la creciente violencia machista. Silencio indiferente.
Y claro hay sociedades que ya están corrompidas hasta el tuétano como la de Israel, dirigido por un fanático sionista como Netanyahu. 45.000 muertos, de ellos 17.000 niños muertos, en Gaza ante la indiferencia y el silencio tóxico de gran parte de la sociedad israelí y de la mal llamada comunidad internacional, que no sólo no actúa a favor del pueblo palestino, sino que sigue manteniendo relaciones con el sionismo asesino y le arma hasta los dientes.
El dislate de nuestras democracias, cada vez más corroídas por el ruido tóxico de ultraderecha, llega al punto de perseguir y encarcelar a personas que se manifiestan a favor del pueblo palestino o simplemente portan una bandera que significa la dignidad de un pueblo que está sufriendo en estos momentos de forma indecible.
Y con todo ello están resquebrajando quizás de forma irreversible toda la arquitectura internacional de protección de la humanidad y de sus derechos humanos. Porque toda esa gente, sus ideas, sus acciones y sus guerras son un verdadero peligro para la humanidad Nuestro silencio en los círculos de silencio no es indiferente. Nuestro silencio es de complicidad con la gente que sufre. Nuestro silencio paradójicamente alza su voz para denunciar el ruido tóxico y el discurso de odio. Nuestro silencio no es pasivo no es el silencio de quien consiente la injusticia o participa en ella. Nuestro silencio es un grito por la justicia para la gente que sufre y para los pueblos que padecen el genocidio y el apartheid como el pueblo palestino